Francia, última. Italia, primera.

Hay veces que yendo de viaje a uno le acaba pareciendo familiar lo bello, lo espectacular. Te acostumbras a lo bueno y el jamón de recebo te parece mediocre. La bahía de Agay es jamón ibérico de bellota. El contraste de su tierra intensamente roja, su vegetación abundante esparcida por el terreno y el azul verdoso del mar hacen de esa bandera tricolor mi bandera y no la de ninguna nación. Así siento la patria, haciendo honor a su etimología, o sea, el sitio que me vió crecer y me observó durante los años más tiernos de la vida. Son las vivencias de cuando no te habían entablillado el cerebro con la cultura de turno, con las costumbres aparentemente correctas del pueblo en el que naces. El éxtasis sensorial que me produjo la bahía de Agay hace que, sólo con eso, la vida merezca ser vivida. Me entran ganas de vivir doscientos años más. Te visita la «saudade». Quieres parecerte a eso que admiras. A la natura en Agay, pues sí, la admiro y la añoro cuando he dejado de verla. Quedo impregnado de su majestuosidad. Dejo unas fotos.

I like.
Monserrat con playa.

Resoplo, respiro hondo y me dirijo al coche. Necesito refrescarme el hipotálamo. Tan pleno y elegante estaba que después del baño me puse el peinado del chulo, del orgulloso que ha hecho algo grande. Yo sólo observé el paisaje, el resto lo puso Afrodita.

¿chulo yo? tururu

Para completar la lujuria sensorial me fui a ver la Isla de Oro. Dicen que es uno de los 50 enclaves más bellos de Francia. La torre hecha de la misma piedra que la isla consigue que te deje una impronta imborrable en la retina.

Ille d’or

La foto esta tomada desde el puerto de Poussaï, un rincón coqueto con un único restaurante. Tuve la suerte de que allí se disponía a tocar un grupete amenizando la velada con jazz suave mientras la luz desvanecía y yo me hinchaba con comida para el cuerpo y ambrosía para el alma.

Desde la mesa

Después de dormir como un rey tenía un hambre tremendo. Me trisqué lo que se ve. Aquí me salté mi regla de no beber nada por la mañana pero el menú lo necesitaba. ¿Queso con agua?, no gracias.

Como hemos cambiado. Del colacao con galletas a esto.

Hice un poco de tiempo y fuimos a Eze. Vaya, vaya, vaya… otro de esos sitios que te hacen lamentarte de no haber comenzado a hacer estos viajes antes. La años se nos escurren entre los dedos y el mundo es tan grande….

Èze.

Aparqué en las afueras ahorrándome el parking y monté a la novia. ¡A cabalgar morena! Sin haber leído nada sobre el pueblo, me encuentro con que mi admirado Nietzsche pasó un tiempo en este pueblo y le han dedicado un camino, el que va del pueblo a la playa. Durante esos caminos empinados dicen que le inspiró a escribir la última parte de «Así habló Zaratustra». Ese libro, leído en época tirando a madura, es de las mejores cosas que han pasado por mi neocórtex. Trata de alguien que observó y se nutrió de la natura (atención ecologistas), que ya meditó y se exploró su alma (atención orientalistas) y que pone sobre la mesa los problemas y soluciones del ser humano y la sociedad (atención proclives a hablar de política) sin cyborgs ni la última tecnología.

En el pueblo hay mucho ricones delicadísimos. Por ejemplo éste.

Sin entrar a museos, he visto obras de lo que yo humildemente considero ARTE. Mensaje claro, al grano, sin tener que leer panfletos para entender lo que se nos quiere transmitir. Los pies anclados a la tierra -lo humano-, pero estirándose hacia el cielo, rompiéndo los moldes de lo establecido. Sin renunciar al progreso, a la mejora. Sin miedo a que Dios nos castigue prohibiéndonos ser divinos.

Después de pasar unas cuantas horas deambulando por el pueblo, salí de allí para visitar una penínsulita que se llama Saint-Jean-Cap Ferrat. Al bajar hacia allí, ví a un lado de la carretera un «food-truck». Como en Eze no había comido nada pues los precios eran para mear y no echar gota, me paré. Aluciné. Se veía Eze por el otro lado y a lo lejos la penínsulita que iba a visitar. Entablé conversación con el dueño que tenía orígen medio italiano medio francés. Me preparó uno de los mejores bocadillos que he probado en mi vida. Tartar de carne con una fina capa de queso en un pan fino y caliente. Me dió tanto regustín al comerlo como cuando uno se tapa con las mantas en la cama en un frío día de invierno.

Desde el food-truck, Eze al fondo.
¡A mis pies!

Allí me informó el colega de que en St-Jean-Cap-Ferrat tiene casa Bill Gates, Vladimir Putin y Briatore. No me he molestado en comprobarlo pero me dijo que es el metro cuadrado más caro de Europa. Pallá que fue el chicu con la boina campurriana. Eché en falta la bota de vino para darle ya el toque definitivo. Bajé, ví y volví a subir. Supongo que hace falta un barquito o yatazo para apreciar ese sitio. Yo, la verdad, no le ví la gracia. Inmobiliarias con el sello «Christie’s» en la puerta, polos a 250 euros. Volví a recordar St.Tropez. No son lugares para mí. Algo sí ví que me llamó la atención: en la playa había un cubículo para que la gente, bajo pago claro, pudiera dejar allí sus bienes más preciados mientras se baña. O sea, una especie de consigna en la playa. Lo anunciaban como «Serenity box». Cómo pueden vivir así esta gentecilla -pensaba yo- con tanto miedo en el cuerpo, hasta cuando vas a relajarte a la playa. No digo que esté mal un sitio para dejar tus cosas mientras te bañas, pero es curioso que sólo se instale en un sitio de ricachones y no en otras playas.

Serenity box

Había visto en carteles una feria gastronómica en Mougins. Me quedaba a tiro de 10m en coche. Al día siguiente, decidí ir. Y otra vez Picasso. Pueblo lleno de talleres de artistas, todos mostrando sus paisajes de colores y sus retratos cubistas imitando a Pablo. Entiendo que se lo tienen que pasar muy bien pintando esos cuadros. Yo, como espectador poco ducho en este tema, me quedé igual. Me pone más cachondo el Teorema de Gödel. Supongo que son gustos. Y pa los gustos, les colours.

Mougins

Unas vueltas por el pueblo, unas degustaciones de quesos y salchichones. Y encontré el queso más rico que he probado en mi vida. Beaufort curado durante 4 años. D’Alpage, o sea, con vacas que pastan hierba alpina. Me lo dió a probar el amigo. Ale, a volar otra vez, ahora con las papilas gustativas. El precio también era para volar, pero lo que volaban de verdad eran los billetes de mi cartera. De todas maneras mereció la pena. 320 gr, me dejé creo recordar unos 25€. Pero en placer, disfruté por doscientos durante varios días. Seguimos cuerdos, no confundimos valor y precio. Cortado como si fuera jamón ibérico, el sabor y aroma de cada lonchita se quedaba en el paladar allí pegado incluso habiéndolo regado de vino para pasarlo. No pasaba. Ni con Colgate se iba de mi boca que aún salivaba. Me dió a probar el de 129€/kilo. No se qué a la trufa negra. Bueno pero no espectacular. El tío era simpático, risueño y sonriente la verdad, pero yo vendiendo queso a esos precios tocaría las castañuelas cada vez que alguien me comprara lo mío.
También compré otro queso de oveja de los Alpes Italianos. Rico rico también y precio campechano. De éste todavía conservo algo metido en aceite. Menos mal que a mi cuerpo le va la lactosa.

A estos precios me lo quitan de la manos señora!

Otra vuelta por allí, y ví que había un tío dando una charla a los que estábamos por allí. Era el día de la inauguración del festival. Miré el folletín. Era el director general de la guía Michelin. Hablé luego con mi hermana y me informó que el festival gastronómico en el que estaba era el de mayor repercusión mundial. Ole Arturito, otra vez a desenroscarte la boina y saca la bota.

Michelin talk

Me entró hambre. Había unos puestos de tapitas y hamburguesas. Al ver al tío preparar la carne, tuve que sacar el babero para limpiarme. El amigo sacaba los solomillacos de ternera, los picaba delante de tus narices, los moldeaba y los dejaba del grosor de dos dedos. 12,50€ la hamburguesa, poco hecha. Saignant según ellos, o sea, sangrante. Patatas deliciosas y una grimbergen para acompañar. Total, 16€ de orgasmo sensorial. Ni ketchup, ni mayonesa ni leches. Un poquitín de Dijon, cierro los ojos, explosión. Cuando ví que llegaba demasiada gente, a montar a la niña, cuesta pabajo y a relajarme en el camping, haciendo la «moviola» de los mejores momentos de la bacanal. Pa cenar, el queso comprado, buen vino y a sobar.

Menu Grand Mac

Cuando ves que estos franceses se toman esto de la comida tan en serio, se te pega. Así me desperté al día siguiente. Cosas bien hechas requieren de concentración y prestarle atención.

2×2=4, 2×3=6….

 

Un par de días de tranki, leyendo y escuchando podcasts. Pedí la cuenta en el camping. No sé como lo hice pero por 12 noches, 165€. De momento vamos por debajo del presupuesto. ¡Ole! Recogimos bártulos y pa Italia que nos vamos.

 

Algo que me preocupaba para este viaje era la carretera. En Francia he visto cosas que apenas he visto en España. Me han dicho que en Italia es aún mucho peor. Así que me entró curiosidad por encontrar algún tipo de cifra objetiva sobre mortalidad en las carreteras Europeas. Y sí, cierto es. Según la OMS, España tiene 3,7 muertos en la carretera por cada 100.000 habitantes. Francia un 5,1 e Italia un 6,1. Me ha sorprendido ver que España tiene de los índices más bajos del mundo. Los países que me quedan por recorrer dan un poco de miedo: Croacia 9,2, Montenegro 11,9, Albania 15,1, Grecia 9,1 y Turquía 8,9. Por comparar USA tiene un 10,6 y Suecia con la que siempre nos comparamos en todo para sentirnos estúpidos tiene un 2,8. Reino Unido parece que no se comportan como hooligans en la carretera, tienen un 2,9. África lidera esta deshonrosa clasificación con Libia a la cabeza con un índice de 73,4. Mirando un poco detenidamente los datos se puede apreciar que en países con petróleo barato tienen mayor índice de mortalidad en la carretera. ¡Dale Manolo! rúnfalo, que repostar nos sale más barato que beber agua. Los datos se pueden consultar en la OMS.

 

La frontera mediterránea entre Italia e Francia, similarmente a la franco-española está puesta en mitad de la montaña. Durante el trayecto hacia Génova se atraviesan una infinidad de túneles y la vista desde la autovía (de pago y no precisamente barata) es alucinante. Se tiene la vista de la costa desde la altura y se van divisando los pequeños pueblos costeros cuyo núcleo histórico esta alzado en colinas que besan el mar. Tomé la decisión de ir directamente a la zona de Cinqueterre, al sur de Génova, no muy lejos ya de Pisa. La diversas paradas para tomar café y repostar me dió a entender dos cosas fundamentales sobre las diferencias entre la France y la Italia.
Una, el café. En Francia diría que 1 de cada 5 cafés era bueno. En Italia, de momento, todos los cafés han sido de diez. Creo que su secreto está en sus máquinas pues ya me dijo el dueño de una cafetería en Barcelona donde solía ir a tomar café durante las pausas en el trabajo que él se había gastado una pasta en la máquina de café italiana y que tal máquina lo hacía todo por él. El café salía sencillamente estupendo. En serio que lo clavan. Intenso, cremoso y denso. Y si a la vez te lees algo de Nietszche o de Zweig mientras lo sorbes, no hace falta mucho más para sentir la vida plena. En este mundillo estamos para ayudar y premiar al que lo merece y hacer las cosas bien hagas lo que hagas, aunque cueste. Yo quizás no sea el mejor ejemplo, pero el principio lo tengo claro que es ese.

La segunda cosa es el carácter de la gente. Los franceses, a excepción de los dos amigos que he visitado, casi me han borrado la sonrisa de la cara. Quizás ofendo a alguno pero me es indiferente. En este mes largo que he estado en tierra gala varias cosas he vivido y observado que no me han gustado nada. Una, más hipócrita no se puede ser en sus saludos. Algunos me dirán que simplemente son educados. Para mí es un teatro insoportable, bon jour, bon journeé, Merci monsieur-madmoiselle, je vous en prie (o como se escriba). Y el tono, el ¡tono!. Varias veces me ha ocurrido que al entrar a una panadería/pastelería la chavala estaba hablando con alguién. Ahora entras tú y como por arte de magia la voz se convierte en una canción infantil, como esa mujer ñoña que habla a los niños como si fueran retrasados mentales. ¿Realmente creen que no nos damos cuenta de que fingen estrepitosamente? Yo no digo que no se haga ésto en España pero no es tan flagrante, ni de lejos. En Francia no he escuchado casi carcajadas ni a la gente hablar apasionadamente de nada. Es como un mar en calma, dormido, anestesiado. Por lo que he leído, no fue igual en el Paris de hace cien años. Hablo de la sociedad en general y por supuesto que hay excepciones. Intento ser sincero con lo que he vivido, sencillamente.
Cruzo la frontera y en la primera parada cafetera, el hombre de la gasolinera ya me pregunta una par de cosas, hecha un par de risotadas con su compañeros. Se mueve rápido, gesticula. Y al saludar sencillamente me dice Ciao. Estaba en un lugar con olor a España.

Estaba cansado de camping y después de investigar un poco he decidido quedarme en una pensión al lado de Carrara -los del mármol-, por 35€/noche. Habiéndome instalado ya y preguntando a Niro, el dueño de la pensión, dónde comer algo, me señala al otro lado de la carretera una pizzeria… «Il bacio», el beso. Yo no soy de pizza, pedí una por aquello de donde fuera hacer lo que viera. La pizza parecía hojaldre, finísima, riquísima. Me dejé aconsejar por la camarera, una ragazza majísima que había estudiado en Sevilla durante algún mes y le hizo ilusión chapurrear conmigo el español y yo con ella el italiano. Pomodoro, ricotta, olivas y alguna otra cosa. Sencillo, barato y bueno. Un tiramisú que era una delicia cuya base me recordaba a las natillas.

Natillamisú

Habiendo finiquitado la pizza, la birra Moretti de dos tercios de litro y el postre, les dije que llevaran el café a la terraza de fuera para acabarlo con un purito. Yo era el último comensal y el personal salió casi conmigo a la terraza a acabar la jornada laboral echando unas risas y comentando la jugada del día. La sangre corría por sus venas, la vida era expansiva. En un momento dado, no se cómo, entablé conversación con la dueña del lugar. Una mujer de unos 60-65 años con el pelo corto teñido de azul y una vitalidad que ya les gustaría a muchos tenerla con 30 o 35. Hablando del café, de Italia y de España, despúes de triscarme 2 limoncellos, yo le hablé de mi viaje y le comenté que veía a los franceses un poco raritos. Ella se echó a reír, luego se puso de pié, casi indignada y me dijo algo así «Los francesi, los francesi odian a tutto el mondo». Me empecé a descojonar. Me invitó al café y los limoncellos. Sobre las 23h me recogí a la pensión que menos mal que estaba a cincuenta metros. Me sentía en casa. La costa por cierto, sigue siendo azul pero el color de los humanos ha cambiado, para bien. Mientras cogía el sueño en la cama pensaba en lo que había sucedido. Unos kilómetros hacia el este y otro mundo se abría ante mí. Aquí en Italia permanecería bastante tiempo, mientras que a Francia y dado los muchos lugares que hay en el mundo no volvería. Nunca. Bienvenutti amici a la Italia. Una nana  para dormir.

 

Al día siguiente me encontraba con ganas de moverme. ¿Por dónde empiezo? Pues por lo que tengo al lado. Me dirigía al pueblo de Castelnuovo Magra que lo tenía a 3 km. A lo largo de los Alpes Apuanos, que es la cordillera que yo veía desde mi habitación en la pensión, están dispersados diferentes pueblos cada uno coronando su colina, con su iglesia presidencial y sus casas apiñadas. Castelnuovo era uno de ellos. Estaba desierto el pueblo a primera hora. Casitas de colores, calles estrechas, un Castillo que daba nombre al lugar que antaño, hace unos 700 años, fue visitado por Dante Alighieri. Una placa conmemorativa así lo plasmaba. Vista panorámica del lugar, café en la cantina por 0.90€, de nuovo espectaculare.

Castelnuovo Magra

Cada espacio público estaba contruído con mármol, presumiblemente de Carrara que está a 7km del lugar. Rincones de esos añejos donde uno se imagina vivir lejos del ruido urbano. Uno de esos «no-lugares».

Siguiente parada, Lerici. Pueblo costero, con gran plaza a la italiana, abierta y ancha, mirando al golfo de los poetas, que así se llama uno de los reclamos de la zona. Castillo en la punta de unos de los salientes hacia el mar. Parece mentira que se puediera construir tal cosa en tal sitio.

Lerici

Varias poesías estaban escritas «a jierro» al lado de la zona donde el mar más bruscamente rompía. Me gustó una:

 

El golfo de los poetas, como suele ocurrir con los golfos geográficos, tiene forma de herradura. En uno de sus puntales descansa Porto Venere. Hacía un día de nubes y claros, con bastante viento. El mar revoltoso. Se considera a este pueblo junto a los cinco que forman el Cinqueterre patrimonio de la Humanidad. Y como cualquiera podría hacerlo al verlo, lo entiendo. Agua turquesa, lamiendo una isla vecina cuyo estrecho ruge, como se su hubiera puesto un dedo tapando parte del paso. Lord Byron tiene allí su homenaje pues el atrevido de él se fue nadando desde allí a Lerici. David Meca se lo pensaría dos veces antes de emularlo. En lo alto de la punta hay una iglesia de esas con la camiseta de la Juventus, a rayas blanquinegras. Restaurantes a pie de espigón, te tomabas un algo y te salpicaba el agua brava. Calles estrechas en el pueblo, pintadas las casas cada una de cada color, ropa tendida, pueblo vivo. Precios un poco caros, así que me decidí por comer en un italiano de comida rápida. Buñuelos de bacalao exquisitos por 3,50€ y un pastel de arroz típico de la zona, torta di riso, por otros 2 euritos. Una birra Moretti para pasarlo. ¡Qué bien lo pasé! Se comía en la puerta en unos taburetes que disponía fuera el local. Unas charlas breves con los lugareños, mirar arriba, a lo largo de la calle y un café. 1 eurito. Placer y más placer. Mi novia siempre conmigo levantando miradas de los extraños. Ahí va el alemán spaguetti con el extraño biciclo.

Desde la carretera de entrada a Porto Venere.
Toma goma.
Salpicando espuma de mar, no de birra.
Flequillo al viento
Iglesia de San Lorenzo, tamaño humano.
Costa Azzurra

 

Y ahora a Riomaggiore, uno de esos pueblos que hay que visitar antes de morir. Y cierto es. El único pero es que por la fechas ya es como el chiste, ves alemanes, chinos, ingleses y algún selenita salido de Woodstock. Demasiada gente. Ya no se disfruta de la misma manera cuando la sensación que tienes es de formar parte del atrezzo de un parque temático. Se recorre rápido el pueblo, un puerto diminuto. Las cinque terre son cinco pueblos enclavados entre acantilados. No hay playas, sólo rocas donde la gente toma el sol a lo lagarto. Me perdí por entre las calles por las cuales casi no caben dos personas. Escaleras a cientos. Esta vez a la novia la iba dejando abandonada. Los lugareños que regentaban los bares trataban a los turistas como lo que éramos, una manada. No había tiempo ni para intercambiar unas palabras.

¿casas ahí?
mini puerto pesquero
Tol sol en la cara

Al día siguiente recorrí los otros 4 pueblos del cinqueterre. Misma sensación de atrezzo por el turisteo. La belleza de los pueblos es indudable, digna de un cuento. Y es aquí donde me vino la idea. Ir en esta época hacia el sur de Italia con el calor y los turistas no me apetecía nada. Además lo que me interesaba era principalmente Sicilia y la costa Amalfitana, 1.200 km desde donde estaba. Después de darle vueltas y recordar que mi primo Manuel me aconsejo visitar el norte de Italia, decidí cambiar el plan de ruta que para eso viajo sólo sin tener que discutir con nadie si hace o no hace. Miré mapa, miré campings. A los Dolomitas Arthur, estas montañas que el arquitecto Le Corbusier definió como la más bella obra arquitectónica del mundo (créditos de la cita, mi hermana).

Volví a la pensión. Cené en mi pizzería del beso como un señor. Dormí como un lirón. El día siguiente me fuí a comer algo de pescado en un sitio que me había recomendado Niro, mi anfitrión. Trattoria da Pipino en Marinella di Sarzana, a 100 metros del mar y 10m en coche de la pensión. Antipasti con 5 canapés, un risotto de fruti di mare con chipirones, almejas, mejillones, gambones. La mejor paella que haya comido nunca tiembla al ver esta delicia. Ración más que generosa. De segundo una lubina al horno fresca, casi movía la cola. Un litro de muy buen vino blanco de la zona, un tiramisú de postre, café y limoncello. Todo ello por 30€. Allí estuve desde la 13:30 hasta las 16h. Luego a la playa un ratuco y charlar con mi amigo Raúl sobre las idas y venidas de la vida. Vuelta a la pensión con las ideas claras, el norte de Italia me esperaba. Mientras languidecía en la duermevela se juntaron las ideas. Me veía en Sicilia y Amalfi la próxima primavera, la del 2018. Y entre medio, Enero, Febrero y Marzo el sudeste asiático. Sí, sí, sí. Hagámos de este viaje no seis meses sino un año. Ya veremos hermanos lo que depara el futuro pero este pollo se está planteando lo que siempre dice y nunca hace: un año sabático. De momento Dolomiti, allá vamos. Buscamos paz, sosiego. Con esta banda sonora de momento.

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