Una de las mejores cosas de no mirar antes donde uno va, es que no existen expectativas y todo sorprende.
Me hospedé en un apartamento en la preciosa localidad de Palaiokastritsa, a 18€/noche, con mi baño, mi cama buena y mi terraza con vistas al mar y montaña. Lo lleva una simpatiquísima familia con dos perrillos, Era y Metsos.
Me coloco en el apartamento, bártulos fuera, etc. Después de hacer unas preguntas de rigor sobre el lugar a los dueños del apartamento, bajo a la playa…


Cada 2 kilómetros se topa uno en la isla de Corfú con playas paradisíacas y dadas las fechas en las que he estado -segunda quincena de Octubre-, casi vacías. En algunas he estado incluso sólo. Creí ser por momentos Arthur Crusoe.
El primer día decidí visitar la capital de la isla. Aire grecoromano y veneciano, calles estrechas, amplias zonas verdes. Logré aquí ampliar la colección de camisetas de basket. Una del equipo nacional griego y otra del Olimpiakos a buenos precios.
Como ví que se imponía el menú turista, deambulé un poco más por ahí a ver si encontraba algún lugar auténtico, de barrio. Y así fue. Hombre regordete, preparando souvlakis en una parrilla de carbón al jugoso precio de 1,30€/bicho. Me trisqué cuatro. Deliciosos con su parte de grasilla bien doradita que se le cae a uno la baba. Le añadimos un cacho de feta del tamaño de dos paquetes de malboro con excelente aceite de oliva y pimentón por 3€. Medio litro del maravilloso y económico vino retsina que desde que lo he probado por primera vez, no he dejado de pedirlo. Refrescante, de sabor intenso y un poco espumoso. Como yo. Lo sé, no tengo abuela.
Además estaban allí un grupete de 3 amigos con los que entablé conversación pidiéndoles consejo de qué pedir. Sonrientes, majos y amables. Cuando vieron que se me acabó el vino, me fueron echando de su jarra para que no me deshidratara. Total, el sitio de 10 por 10€.


Después de estos días por Grecia, diría que es el país que más me siento hermanado. Su comida, su fonética, el carácter de la gente, el paisaje….
Los doce días en Corfú han sido de ensueño. Todo los días soleados, de baño en la playa y comidas espectaculares a precios más que razonables. Al lado del pueblo donde me quedaba está Lakones, lugar que forma parte de la Odisea que vivió Ulises. Ahí me cepillé una Mousaka que me hizo repensar lo que hasta ese momento había comido yo en España con el nombre de tal plato. No tenía nada que ver. Y para mejor. Las vistas desde este pueblo son espectaculares y según me dijo el hombre que regentaba el lugar donde iba a desayunar todas las mañanas es el pueblo donde viven toda la gente que trabaja en temporada alta en la costa. Está en lo alto y se aleja así de la humedad que tan incómoda es durante los meses invernales.

El día de mi cumpleaños me desplacé a Porto Timoni. Que les voy a decir amigos. Paraísos no fiscales. Baños con peces entre las piernas. Cuatro gatos en el playa. Comilona en el mejor restaurante de la zona –un pargo rojo-, con su guarnición, cervezas rojas de corfú, postre local de cuyo nombre no es que no quiera, es que no puedo acordarme.



Aquí te dejo muestras de más playas que pude catar tranquila y gustosamente.






Vinieron a visitarnos varios días al apartamento algunos amigos y amigas que hicieron las delicias de mis ojos repletos de azul marino y albero de playa.


Otro día aproveche a hacer una segunda vista a la capital y a la vez visitar Achilleion, palacio y residencia de la emperatriz de Austria y reina de Hungría, Sisi. Enamorada de la cultura clásica griega, el palacio es testigo de su gusto y voluntad de estilo (expresión tomada de mi primo Manuel I el Sabio).

El día que tocó irme de Corfú sería una preparación para el clima que me acontecería en Meteora. Empezó a llover, nada de pantalón corto ya. Cojo el barco de vuelta a tierra continental, 2 horas y media de coche hacia Meteora con una paradita en un pueblo que ya me dejó entrever que el verano había acabado. Era finales de Octubre.

La pareja que regentaba el bar se pasaron conmigo más de una hora dándome consejos sobre qué pueblos montañeses ver por la zona en un perfecto inglés. Unos soles.
Voy llegando a Kalabaka, pueblo más cercano a los Meteoros. Se van dejando ver las ansiadas montañas. Es como el macizo de Montserrat pero con pedruscos más grandes y disjuntos. Esto va a ser espectacular.
Me acerco al hostel. Más que correcto. 15€/noche. Lo lleva una pareja majísima. Él fue jugador de basket y flipó -una vez más-, con mi camiseta de la Jugoplastika. Al lado del hostel tienen un bar todo de madera. Se diría que es un café chapada a la antigua. Grande y hermoso. Me invitaron varias veces al café turco, que aquí es griego. Otra vez igual, lo del cava y el champán.



Seis noches me quedé aquí. Cada día me iba a las montañas a visitar alguno de los siete monasterios. Luego unos paseos con vistas eternas y respiraciones profundas. De vuelta al hostel -ya se hace de noche a las 17:30h-, y a comer algo rico. A veces me ha bastado con uno o dos Gyros, otras veces de restaurante señorial con musaka. En uno de estas cenas principescas, me fui al número 1 de la localidad según Tripadvisor (además me lo recomendó la dueña del hostel)… Meteora Restaurant Gertsou Family. Creo recordar que llevan allí desde los 1950s. Un cordero asado que no hacía falta cuchillo para cortar con guarnición de verdura asada. La ración era como una fuente de esas ovaladas de ensalada. Tremendo. Delante de mí estaba una mujer mayor tipo abuela como presidiendo el lugar a la vez que controlando el funcionamiento del sitio. Había una foto antigua bastante grande en otra pared de una mujer de unos 20-30 años que supuse era la que tenía delante cuando era jóven. Llamé a la camarera y me sacó de la duda. Sí que era ella. Le pareció tan simpático el detalle de yo preguntar tal cosa y acertar, que me empezó a contar la historia del restaurante. La cosa es que fue abierto por el padre de esa mujer mayor que tenía enfrente (el bisabuelo de la camarera que me explicaba todo esto).
Me contó que muchas recetas se habían perdido. Le pregunté si había habido un incendio o tragedia similar. Se empezó a reír. Me dijo que su bisabuelo no quería compartir el secreto de sus platos. La mujer de este hombre consiguió, mediante el eficaz método de la observación, aprender a preparar las suculentas raciones que hoy se servían. Menos mal que pudo rescatar las recetas que les han reportado tantos beneficios: económicos a los dueños y sensoriales a sus clientes. Al final de la comida fui convidado al postre (manzana asada con canela) y café.

Uno de las visitas a las rocas fue a un convento. Allí estaba una monja atendiendo la iglesia. Llenaba las lámparas de aceite mientras yo anonadado contemplaba los detalles ortodoxos. En estas iglesias no está permitido hacer fotos ni vídeos, aunque alguna furtiva si que logré hacer. Me arranqué por fandanguillos y le pregunté a la monja el por qué de la prohibición. Me explicó algo irrelevante que no me convenció. Eso sirvió para yo hacer más preguntas y derivar la conversación sobre Dios, la Vírgen y la madre que lo parió. Resultó ser una de las conversaciones más interesantes que he tenido en este viaje. Durante hora y media allí permanecí de pie parlando con la monja que hablaba un perfecto inglés. Recuerdo que hablando de tan punzantes temas, en un momento dado la espeté: «Sure, sure, the devil is in the details». Total que el demonio está en los detalles, una expresión que se utiliza en inglés habitualmente y que, creo yo, es autoexplicativa. La monja se empezó a descojonar de tal manera que la gente alrededor que también visitaba el convento fijó la vista en nosotros. Los que por allí pululaban, notaba yo, se quedaban escuchando la conversación mientras observaban el detalle del convento y las vistas que ofrecía. Al final de la conversa anotó mi nombre la monja en un papel y me dijo que aquella noche rezaría por mí. Me dió también el nombre de un físico griego contemporáneo que tan vacío se sentía el hombre que se volvío monje y ahora sólo escribe de teología. No noté nada aquella noche más que un gratísimo recuerdo de la monja, el convento y mis años de juvenil, pues alguna charla similar tuve de chaval con alguno de los frailes del colegio de mi pueblo. Sí que pasé la última hora de esa tarde tumbado en una de las rocas viendo como se ponía el sol. Experiencia religiosa.


Una mañana vino el dueño del hostal a decirme que esa noche se quedarían en mi habitación cinco chavalas en mi habitación (era un habitación de seis camas). Todas amigas provinientes de Salónica. Alzó la mano para chocar los cinco. A ver si puedo con ellas -le dije-. Resultaron ser muy majas. Y como me ha pasado en el viaje varias veces, es decir que vivo en Barcelona para que la gente doble su simpatía por uno. Todo el mundo quiere visitarla. Espero que así siga siendo.

El 28 de Octubre se celebra en Grecia el «Día del No». Durante los días previos ya había notado muchas banderas griegas por todos los sitios. Se hace un desfile por toda Grecia exaltando el orgullo nacional. En Kalabaka llovía ese día. Yo esperando a que saliera el desfile me pregunté por primera vez en este viaje qué pintaba yo ya allí a estas alturas del año. Frío, lluvia y orgullo nacional. Para eso lo paso en Cataluña o España que para este caso, da igual.
Así que me puse a buscar las opciones para llegar finalmente a Estambul, estar una semana o 10 días allí y regresar. Creía que habría conexión por ferry Estambul-Atenas. Equivocado. Parece que por la confrontación histórica de ambos países, las conexiones entre ellos brillan por su ausencia y/o dificultad. Tendría que saltar de isla en isla y aún así, como ya era entrado Noviembre, no estaba claro si habría ferrys para volver. Descartado.
Llamo a una compañía de transporte marítimo. Podría mandar el coche en un container y mandarlo a Barcelona mientras yo me cojo un vuelo Estambul-Barcelona/Málaga. Precio del transporte del coche 4500€. Además me dice la muchacha que habría que hacer papeleo de aduanas y tal. Yo le contesto que mi coche me costó 1800€, que dónde íbamos a parar. Así que me puse a pensar que Estambul quedaría para otro viaje. Volveré hacia el oeste. Iremos a Italia, pues me quedó el sur por ver. Me iré a la costa Amalfitana y acabaré el viaje en Roma, capital del Mare Nostrum, que tampoco es mal lugar como colofón.
Así que aquí me encuentro en Roma, después de coger un ferry desde el mismo puerto que utilicé para ir a Corfú. Destino Brindisi, en el taco de la bota de Italia. Ocho horas de ferry nocturno en camarote con otros dos mendas. Precio, 150€ coche incluído. Cama buena, bastante cómodo la verdad. Ni me enteré del viaje. Salgo del barco conduciendo el coche, rumbo a Sorrento, donde mi admirado Nietzsche tuvo allí grandes experiencias. Casi 5 horas de coche cruzando Italia a lo ancho de la bota. Cinco noches en esta costa y diez días en Roma. Quedará para la próxima y última entrega de este cuento lo que ha pasado, pasa y pasará en estos días azurros en los que mi corazón quiere volver ya a sentirse no como en casa, sino en casa.
Me ha gustado mucho tu relato, soy una enamorada de Grecia a donde viajo desde el 91.Gracias por hacerme vivir tu periplo!
Gracias por tu feedback Ana. En breve voy a viajar por la costa gallega y portuguesa unos meses. Iré añadiendo entradas en el blog… Saludos!
Hola…gracias por compartir tu experiencia.Estoy pensando ir a Meteora pero no quiero hacerlo desde Atenas.
Tú sabrías decirme como puedo hacerlo desde Corfú, si barco y bus, barco y tren, tren directamente…y que con que compañias.
Gracias mil y de nuevo felicidades