Italia, segunda. Dolomitas, primera.

El viaje por carretera nacional (SS, Strada Statale) desde Cinque Terre hasta los Dolomitas es largo pero repleto de vistas panorámicas. Desde la pensión hasta Parma se cruza los denominados Alpes Apuanos, montañas que albergan el famoso mármol de Carrara. Son montañas picudas, jóvenes geológicamente que por fin me dieron el soplo de aire fresco que ansiaba. Después de alguna parada cafetera -siempre siempre deliciosa-, paré a la entrada de Parma para comer. Ni tripadvisor ni leches, me dejé guiar por el instinto y esta vez, no siempre pasa, acerté. Imaginad una casona con el interior de madera lleno de plantas y ventiladores intentando y no logrando refrescar el ambiente. En Parma volvía el calor insufrible.

-Ha pranzo di laboro, signore? pregunté. Sí, sí, avanti- Un camarero de esos guindilla con todo el salero del mundo me saluda, me sienta y me atiende. Pasta al ragú, lo que nosotros conocemos por boloñesa y 2 platos de pollo, 2 pechugas en una riquísima salsa de tomate y otras 2 empanadas, de las de siempre. Riego de vino tinto, los de la casa veo que son más que aceptables en Italia y un expresso para remediar la torrija post-comida. Hubo que desabrochar cinto. Durante la comida, el camarero guindilla cada vez que pasaba ante mí me soltaba una chorrada. De dove es? Habito a Barcelona -respondí.- Barcelona? Xavi, Busquets, Piqué, Messi…. y el colega me canta la alineación del Barça cual Pavarotti. Se mueve con garbo, tarareando canciones suyas mientras atiende a los clientes. Se nota que todo el mundo le adora. Hasta sus compañeros de curro se parten. Se nota que la gente que está allí va habitualmente. Se respira familia. 12€ comida y espectáculo. Retomo el camino. El camino se vuelve llano. Paso Mantua y Verona. Dejo a mi lado el Lago di Garda, que según me dijo un lugareño es el más grande de Europa. No lo he comprobado. He visto fotos por la red y posee pueblos espectaculares. Quedará para la vuelta o en otra ocasión. No se puede hacer todo en seis meses, te lo digo yo. No da ni pa un hijo.

Estaba entre Verona y Trento -los del Concilio– e iba ya entrando la tarde noche. Llevaba ya muchas horas al volante y decidí pasar noche. Desde el sur del lago de Garda hacia Trento, la carretera se mueve entre montañas gigantes a ambos lados. La ribera del espectacular río Adigio te acompaña durante todo el viaje. Como en casi todos los ríos, los pueblos se agolpan uno tras otro aprovechando ese recurso natural tan importante y escaso para cualquier civilización. Desde la carretera ví uno con un castillo en lo alto, Avio. Aquí sí tiré de tripadvisor y me ofreció una habitación de agriturista. 35€ noche con todo lo que uno considera necesario. Precioso lugar con viñas, granja y establos. Me instalé, salí al bar-restaurante, me pedí un vino blanco para abrir boca. El dueño, un tipo chaparrete, de unos 45 años me sacó el vino hecho por ellos y sin pedirlo unos tacos de salchichón de jabalí ligeramente picantes que me sentaron a las mil maravillas. Como no había casi nadie en el lugar, el dueño estaba dispuesto a charlar. Después de saber que venía de Barcelona, me contó que había ido varias veces por allí y que tenía amigos con los que se iba de fiesta y comer como señores. Charlamos como hora y media en italiañol y como no puede ser de otra manera, de mujeres. No cuento los pormenores para no herir a ninguna fémina. Allí mismo en la terraza del bar me preguntó que quería cenar. Me dejé aconsejar. Hicimos tiempo pues me propuso esperar un poquito hasta que los otros 2 inquilinos vinieran a cenar. Así en la cocina todo sería más fácil. No me opuse, así que me puso otros dos vinos con chorizo de ciervo esta vez para acompañar. Tralala, tralala, ya iba yo contentillo, volando como un avio, digo como un ave.
Llegaron los compañeros. Uno de ellos muy simpático y hablamos de perros, sus razas y la importancia de sus dueños. Entramos a cenar.

No, no era cena para dos.

Carpaccio abundante con parmesano, 2 filetes de cerdo marinados y en su punto, fuente de berza exquisita -qué recuerdos de infancia-, puré casero de patata, 3 trozáncanos de queso a la plancha y ensalada. Jarra de vino tinto, café, limoncello y purito. Cuando me sacaron todos los platos miré con incredulidad al hombre con el que había hablado de canes, se rió de mí y dijo «Lui e sempre cosí». Me lo acabé todo menos el puré de patata. Había crecido 3 centímetros, a lo ancho. Total, con los vinos-tapas del aperitivo y la cena, 20€. Viva la montaña y lo sencillo. He de escribir esa oda al minimalismo aunque mi estómago estaba ahora maximizado.

No pasé más noches allí aunque estaba a gusto. Tenía ganas de llegar a mi destino Dolomita.

El nombre proviene de un geólogo francés apellidado Dolomieu que a finales del siglo XVIII distinguió esta roca de la caliza -mi favorita-. El calcio es común a las dos, aunque la dolomita contiene una gran parte de magnesio. Ambas rocas provienen muchas veces de acumulaciones de caparazones de animales marinos que sedimentaron millones de años atrás. Los movimientos tectónicos se han ocupado de elevar hacia el cielo estas rocas y mostrarnos sus formas de ensueño al erosionarse. Ójala los humanos nos convirtiéramos en tan bellos elementos naturales al pasar viento y tiempo por nosotros. Emprendí el camino. Fui, vi y flipé.

Falcade.

Llegúe al camping donde una majísima chavala me recibió con la suerte que hablaba más o menos el español. Montamos tienda, paseo para olisquear rincones del camping. Ahora al pueblo a ver de qué va ésto…

¿Me había pasado de largo y estaba en Austria?

Bordeando el lago de Allegue -que así se llama el pueblo también-, busqué para un café. Ahora se de dónde sacan las empresas de seguros las fotos para sus folletines de familia feliz:

Expresso 1€, vaso de vino 1,20. 23ºC. Me santigüe. Seguí dando unas vueltas por el pueblo. Mil habitantes a mil metros de altura. Antes de volver al camping y prepararme algo de cenar pasé por la Enoteca del pueblo. Doscientos millones de vinos, me dejé aconsejar. Salí a la terrazza con vistas al lago. Después de un rato degustando las vistasvino, salió la camarera y como buen turista le halagué sobre el pueblo y el local. Después de unos 10 minutejos hablando me dijo (en inglés). Mira, sal a ver.

El sol contra «La Civetta».

Esto se ve todas las tardes cuando empieza a caer el sol. Parte de mi intención de hacer un viaje largo era generar ciertas costumbres, pues digamos lo que queramos, somos animales de costumbres. Por su puestos hay ornitorrincos humanos que no lo son. Yo no me considero uno de ellos. Me gustan las costumbres, las buenas. Si gusta, hay que repetir, sin dejar de lado cierto grado de libertad para probar nuevas cosas.

A lo que iba, he cogido la costumbre de ir al pueblo sobre las 20h para tomarme un vino, ponerme una música acorde y estudiar la montaña en llamas que tengo delante mientras me sobrevienen pensamientos, recuerdos y sueños. O simplemente la nada, la dolce far niente, nunca mejor traída a colación aquí en Italia. Abriendo y cerrando ojos, ligera sonrisa en los labios, respiraciones lentas y profundas. No me hace falta más. ¿Será ésto a lo que se refieren los budistas?… Sí, si quitamos el vino, la música, los recuerdos, los pensamientos y los sueños.

 

Mis días se componen de desayuno casero en camping con fruta, zumos, canolis rellenos de chocolate y luego a mi cafetería favorita a tomarme 2 expressos de diez mientras me leo el periódico local  -lo que puedo llegar a entender-  buscando en el wordreference alguna palabreja azzurra. En Italia me apetece aprender su idioma pues la gente te habla.

Mi terraza donde tomo mis 2 expressos diarios.

Luego cogemos la máquina y a descubrir. Dejo algunas fotos. Más expresan ellas que pudiera expresar yo.

Ragazzo contento.
Aquí zampamos Strudel con vistas.
De estas postales hay a cientos.
Passo Giau, 1
Passo Giau, 2
Passo Giau,3. Ragazzo, guau.
Passo Giau 4. Ciclistas a tuttiplen.

Alicia, Gabri, como disfrutaríais aquí vosotros.

Acabé en un pueblo famoso por sus pistas de esquí y su perfil de gente adinerada, Cortina d’Ampezzo. La entrada al pueblo desde las montañas es espectacular pues tienes toda la panorámica del valle. Una calle central preciosa con tiendas de esas SanTropezianas. Un expresso y otro strudel. Unos paseos por el pueblo y vuelta al hogar, esta vez por otro lado.

Cortina d’Ampezzo

Al volver al camping, depende que apetezca, o me hago algo de cena o salgo a algún sitio a desgustar lo local. Y hay un sitio en Allegue, el pueblo donde me quedo, recomendado por la muchacha del camping que es bueno, bonito y barato. Me recomendó comer el «stinco de maiale», o sea la parte baja de la pierna del cerdo asada. Dios mío, dios mío, dios mío, ración para enmarcar, carne tiernísima a pesar de no ser cochinillo y una corteza crujiente que estuve rechupeteando unos veinte minutos, no exagero. Cerveza hecha por ellos, y de primero unos tagliatelle al ragú de ciervo. Con café, 16€. Te lo presentan con el cuchillo clavado como se ve en la foto. Los camareros, todos barriletes, simpáticos y atentos. He ido allí 3 veces ya. Las costillas no dejan nada que desear.

Cena Obelixiana, stinco di maiale asado.

Seguimos la ruta dolomítica. Esta vez nos vamos un poco hacia es noroeste atravesando el passo Fedaia:

A punto de subir el puerto (passo).
Subiendo el puerto. Al fondo, Val de Gardena.
Fedaia, arriba.

Después de ponerme púo de Strudel -again-, volvimos hacia el camping. En el camino encontré a unos amigos de la infancia.

Pedro y Heidi que volvían a casa del abuelo.

El día que decidí ir al Val de Gardena tuve la mala suerte que el puerto estaba cerrado. Parece que todos los miércoles lo cierran para su mantenimiento. Justo antes de que no me dejaran subir, me topé con esta estampa:

Así que decidí ir a visitar Bolzano que aunque me quedaba un poquín lejos, la espectacularidad paisajística del viaje me lo ponía fácil.

Lago di Carezza.
Senza ragazzo e con montagna

Quizás en Bolzano ha sido una de esas ocasiones que esperas tanto del lugar que cuando llegas no llena tus expectativas. Anyway, merece la pena ser visitada, of course. Paseando por su casco histórico me topé con su mercado de abastos aparentemente improvisado. Los food-trucks ya fueron inventados hace varios siglos. Un puesto de fromaggi me llamó la atención. Paré y esperé mi turno mientras un austríaco cincuentón le explicaba al del puesto cómo en España ponían unos pequeños depósitos debajo de la pieza del jamón (los tiroleses tiene el speck). El austríaco hablaba en alemán (en Bolzano tienen un 25% de germano-hablantes) y yo por sus gestos y la palabra Spanien pude intuir el tema de la conversación. Intervení, en inglés. El alemán que parecía el creador de Pumuky, charló conmigo un rato, a veces en español, a veces en inglés. Gente maja estos tiroleses del sur. Pillé 2 quesos, uno al que habían añadido vino y otro más seco que la mojama. Los dos me los dio a probar. Exquisitos. El de vino me lo trisqué en dos sentadas, mas de cuarto de kilo. El segundo ahí lo tengo esperando mientras compenso con unas ensaladas. Eso sí, sea queso o ensalada, siempre acompañado de un Prosecco. De momento el mejor que he probado es éste que no tiene nada que envidiar a champagnes o cavas.

Por lo que he leído, el proceso para el Champagne, el Cava y el Prosecco es el mismo. Este que os muestro es del tipo «millesimato», o sea, con jugo de la misma añada. Por lo visto el champagne se suele hacer con jugos de diferentes añadas. Del cava, lo desconozco. ¡Andrés W!, llevo buscando nuestro prosecco preferido pero no lo encuentro. Tendré que seguir burbujeando por ahí.

 

Me está gustando esto del camping. He conocido varias personas durante estos días. Un eslovaco ciclista y ex-baloncestista con el que he hablado varias horas de basket, de hembras y de educación especial que es a lo que se dedicaba. Un inglés que salía en bici por la mañana y bebía vino tinto y leía durante horas por la tarde. Dos suizos escaladores muy dicharareros que buscaban yerba desesperadamente. Una mañana me los encontré yendo al pueblo a por el permiso de pesca para echar el día en el lago. Me prometieron que aquella noche cenaríamos pescado. A la noche, me los encontré partiéndose de risa. Charlé con ellos y picamos algo de cenar juntos. Nada de pescado. Habían estado intentando pescar sin cebo durante todo el día bajo los efectos del ácido lisérgico. Unos figuras. Por cierto, uno de ellos me anotó lugares en Berlín para ir de raves. Creo que a la vuelta de este viaje, volaré a Berlín una semaneja para ver sus museos 😉

Y conocí una chavaluca de veinte años. Eslovena. Muy madura de coco para sus años. Varios días echamos horas hablando. Me enseñó un poco de yoga. Hemos quedado que la haría una visita a Ljubljana que dicen que es una preciosidad. Así que después de Trieste, Eslovenia.

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