La costa gaditana con sus playas anchas y de arena fina como Bolonia o Caños de Meca es muy muy recomendable. Así como la costa malagueña de Marbella hacia Cádiz y de Nerja a la costa Granadina. Salobreña (Granada) también merece una parada. Oh! El Cabo de Gata con sus aguas cristalinas y magníficas buceadas.
Como la costa andaluza ya la conoces Arturo, dirígete hacia Murcia, que si no en 6 meses queriendo ver todo, no llegas ni a Terrassa.
Después de ver nada más que piedras y algún que otro matojo desde prácticamente Nerja hasta la frontera entre Murcia y Almería, allá donde la línea de costa empieza a tirar pal norte llegando a ya a Mojácar, se abrió ante mí una montaña de verde y fresca hierba. ¡Qué gran diferencia en sólo unos pocos kilómetros! Ahora todo verde como si la humedad eligiera este lado para regar la tierra. Todavía en el coche, no sé por qué, tuvo que poner esta canción. El altavoz casí reventó.
Asentado y habiendo revisado mi habitación del hostal, por un precio de 38€/noche, veo que tiene cama muy grande, con gusto decorada y vistas al mar aunque sea no sean de primera línea de playa. Mi baño propio, limpio y bien acondicionado. Pack de bienvenida con cepillo de dientes, jabón, gel y champú. Lo meto pal saco que nunca se sabe. He estado en hoteles peores y mucho más caros.

Una ducha para refrescar, ordenamos bártulos en la habitación, coger la bici y a pasear. Al llegar a un sitio por primera vez, nunca me ha gustado coger el mapa para orientarme. Me gusta primeramente dejarme llevar, guiarme como mucho por las señales que ofrece el lugar: Iglesia y plaza, ya habrá tiempo de mirar el mapa, de momento a respirar hondo y volar.
Las playas normales, ni para odiar ni para recomendar. Ahora bien, el pueblo… ¡qué preciosidad! Encaramado en una colina, hay casas que cuelgan con un par.


Allí fui en coche, porque ni tengo una Orbea ni me apellido Induráin.
Recobecos, plazas, todo blanco con toques de azul. Esto es puro mediterráneo, no hay duda. Vistas de 360º, a un lado la tierra, al otro el mar vestido de azul. Un garito de jazz y blues en todo lo alto para deleitarse con buena música tan escasa hoy en día.
La gente amable y llana aunque no olvidan la buena educación.

Es Almería todavía, vamos a Cartagonova que el puerto me han dicho que ya no mira al sur.
Es extraña Cartagena, el centro histórico es muy bonito, amplio y cuidado. Con la bici a ritmo andarín, me la recorrí con gusto, siempre a ralentí.
Uno se espera que las ruinas romanas sean de otro mundo aquí. Todo lo contrario, muy desvencijadas, he visto teatros romanos muchos mejor conservados.
El puerto, ¡oh sí! un paseo por el puerto ancho y bien preparado se ha de hacer sí o sí. Aquí atrancan cruceros de esos como el Titanic. No pegan mucho en este pueblo, son como Sagradas Familias para un humano, la proporción del románico le gusta mucho más a Arturín.

Lo más extraño de Cartagena es que si un primate como yo quiere darse un chapuzón, 20-30 minutos andando (10 en bici) no te los quita nadie. El día que fui yo era Martes y el único restaurante de la playa estaba cerrado, no se podía comprar ni agua. Eso sí, la playa para enmarcar.

Cosa curiosa me ocurrió allí. Al llegar a la zona de puerto con el coche, un gorrilla de esos ilegales que te ayudan a aparcar a cambio de la voluntad, le pregunté si había problema para aparcar allí. Él por descontado dijo que no. Yo me puse a picar algo antes de comenzar la visita. Llevaba algo de gazpacho. Cuando terminé, le ofrecí un vaso. Sorprendido y agradecido él, me dijo que descuidara, que mi coche sería el mejor protegido de aquella zona. Yo confié en él. Al volver, el coche sano y salvo. Vamos hacia la Comunidad Valenciana que está por ver.
Altea elegí como destino para dormir. El hostal más que correcto, 28€ la noche, baño con ducha y demás. Lo justo y necesario, nada más. El viaje es minimalista, este hostal lo honra al 100%. El dueño, creo que alemán, un tal Robert, muy simpático, se enamoró de mi bici y no de mí, una vez más. Jajajaja.
El pueblo antiguo, subido en un pedestal, merece la pena perderse sin mirar el mapa jamás. Vistas espectaculares, multitud de artistas y artesanos vendiendo sus creaciones. Merece la pena entrar a alguna de sus tiendas y preguntar cómo lo hacen, se les ve la cara de que les gusta su obrar.
Playas de piedras blancas mezcladas con arena fina. Agua turquesa, paseo marítimo ideal para la bici, disfrute mucho con mi novia «la Ossby», a ella también le hice disfrutar. Al final de una de las jornadas, me pasé por un bar con pinta de tener buena cerveza. Me pedí una Hoegaarden, refrescante y suave como estaba la mar. Conocí a quién allí trabajaba, una mujer belga con quien entablé conversación. Me dijo que al día siguiente había música en directo y yo sin más pensarlo allí me presenté.

Yo quiero acabar mis días como estos hombres de buena fé. Sexagenarios con fuerza, más que muchos con veinte o treinta. La Credence, The Doors y otros grupos versionaron mientras tragaba mi cerveza en solitario junto a la música y el rock.

Allí en Altea, conocí a Laura, oriolana ella, mujer simpatiquísima que pasaba unos días por allí también sola. Me dió consejos útiles, unas buenas charlas y buenas risas nos echamos. Permanece el contacto con ella, es un sol. Espero que nuestros caminos se vuelvan a cruzar algún día en esta vida que después de ella habrá lo mismo que antes de haber nacido cualquiera.
No quería espera a jubilado para hacer este viaje. Mientras tomaba una cerveza riquísima hecha en Altea, en su plaza más alta, al lado de un bar con el nombre más llamativo que he visto nunca pasó un grupo «Inserso». Las mujeres sobre todo intentaban descansar las piernas, cuando el guía les grita: «No se sienten», y no se sentaron. Yo lo sentí por ellos, qué horror que te obliguen a andar cuando quieres tregua.
Mi visita a la zona continuó por Calpe y Denia. La primera nada del otro mundo excepto su peñón que preside su paseo marítimo. La segunda una auténtica decepción. Las playas eran bastante majas. Lo único que tenía era el puerto deportivo de guayón. Sólo para fardar, allí esperaba ver el yate de Trump.
Jávea si que fue un sorpresón. Pueblo antiguo apartado de la costa, una joya para deleitarse con sus callejuelas escondidas, sus pulcras fachadas y sus garitos a precio low-cost. El puerto de Jávea es una cocada, uno pequeño para los lugareños. Playas de azul turquesa, allí mismo sin tener que bajar a una cala de difícil. Fácil acceso a los restaurantes y bares viendo como sus olas menean los ojos de gente como yo. Largo paseo marítimo, varios kilómetros diría yo.
Finiquité mi periplo por Levante con una parada en Peñíscola, una sóla playa de varias léguas, naturaleza marina enaltecida por la fortaleza al fondo, toda una sensación. Aquí se rodó «El Cid» con Charlon Heston. No me extraña, mejor escenario qué este no se me ocurre.
De nuevo, playa de agua turquesa, menudos baños me pegué yo. Mi novia espectante me miraba y decía «¡quiero ser barco!», yo le dije «y yo remador». Después de remojarme y remojarme dí un paseo en bici hacia el castillo con el mar acompañándome siempre, el viento fuerte y fresco secándome el bañador.
Pasearse por las intrincadas calles de la fortaleza es respirar hondo, dejar que vuele la mente, ocupar los espacios del recuerdo con bondades, nada de hostilidades. Azul y blanco, puro mar.
Allí piqué algo, nada especial, lo que me llamó la atención fueron los precios, al alcance de la gente del barrio de Terrasa donde vivía yo.

Por el tema de las lenguas, no hay nada mejor que una canción.
Y para acabar no hay nada como la amistad. Mi amigo Noé y su inteligente y simpatiquísima mujer, Almudena, me recibieron con los brazos abiertos en Valls. Cena en un precioso restaurante, allí nos pusimos púos de buena comida regado con un Montsant si no recuerdo mal. Luego a tomar unos cocktails en un ex-Bulli, merece mucho la pena probar. Charlas sobre diversos temas, risas, ¡un no parar! Gracias amigos del alma, sois de las parejas que envidio al veros amar. A la piltra, ¡hasta mañana! Luego desayuno casero, un paseo por el pueblo coqueto, compré un vermut de la zona y un licor de arroz de Delta del Ebro, ¡qué manjar! Incluso vimos un desfile de moda en la plaza del pueblo, yo creía que estaba en Cibeles, ¡que extraño espectáculo popular!
De nuevo a Terrasa para recopilar las últimas cosas y descansar un poco o eso creía yo. En esos tres días no he tenido la agenda tan apretada desde que en la universidad fui un 100% ser social. Ví a mis ex-compis de curro, todo eran palabras amables y además de ser excelentes profesionales les quiero mogollón.

Ahora empezaba lo nuevo, me pusé a tiro de Francia en Portbou ya que la costa brava la conocía de mis andanzas en la tierra que me acogió con los brazos abiertos y me dió un buen trabajo. Cataluña, que aunque a algunos les pese es aún España. A mí me importa este tema un pimiento morrón.