Costa Azul, primera.

No por mucho madrugar, amanece más temprano. Pero ayuda a contemplar la natura en todo su esplendor más allá de lo nuestro, lo humano.

Una canción bonita para empezar el largo viaje que nos espera. I am going to a town, Hyeres, bordeando el Mediterráneo.

 

Una parada en Arles, la que hizo Van Gogh famosa. Aunque alejada del mar, no podía fallar y no visitarla. Para mí, el Vincent fue el primero que me hizo ver algo en la pintura. Tendría yo unos 14-15 años.

Café Vincent.

Llevaba grandes expectativas de Arles, y al entrar a este pueblo que me agradó de menos a más, no pude más que sentarme y contemplar mientras escuchaba Feliz Navidad Mr. Laurent.

Su coliseo espectacular, sus calles estrechas me obligaban a parar, respirar hondo y gozar. Desmonté de mi novia, este sitio era para caminarlo, sin galopar. Un, deux, trois, que se va el cuerpo a bailar.

Mientras hacía esta foto de arriba, se acercó una guía de la ciudad, exclusiva solo con una pareja de cincuentones como clientes. Justo iba a tirar la foto y escuché en un inglés afrancesado que la guía decía: – Y para mí, desde aquí se contempla de mejor manera lo que Arles representa -. Sonreí para dentro, parece que no era el primero en darme cuenta de la mezcla de historia, naturaleza y pueblo de esta estampa.

Me adentré en el pasillo, giré la cabeza y ¡oh Dios! El síndrome de Stendhal casi me sobrevino. Tomé agua, me refresqué la cara. c’est ne pas possible! Este Vincent… hasta donde sé murió pobre, pero no le faltó alimento para el alma, que cada vez tengo más claro es la mejor comida de la que uno se puede proveer.

Síndrome de Stendhal

Luego algo de comer sacado de mi maravillosa nevera – precios prohibitivos en Arles – y arreando que es gerundio, que si no llegamos al camping a las diez. Esta vez sí quiero montar la tienda, que para algo la he traído Juan Andrés!

Montada la tienda, algo de cenar, una ducha y al piltra. Mañana veremos que hacemos. Tenemos tiempo, de eso nos sobra.

En la cena me visitó una amiga, despúes de ofrecerle pan o magret, eligió pan. Las cosas sencillas… Ella no era necia, no confundió valor con precio.

Ella

A la mañana, paseo por el pueblo, Carqueraine, a ver el puerto… coqueto. Ví algo. Al fondo, la península de Giens. Ahora entendí por qué Francia casi nunca nos gana al baloncesto. No os ofendáis amigos franceses, que a la pentanca nos tenéis cogidos por los…. Es brooooma, es brooooma 😉

La ausencia de Tony Parker.

Salimos hacia Le Ciotat y Cassis. Entre medio, la «route de cretes» – sigo sin poner los puñeteros acentos, me niego.

Guau, guau, guau. Si hasta ahora tuviera que dar un 10 a algo, se lo doy a este enclave.

Primero, La Ciotat, donde los Lumiere inventaron el cine y donde a alguién se le ocurrió la petanca. Aquí prefiero dejar que las imágenes hablen más que mis mil palabras.

Le Ciotat
Calita en La Ciotat

Después de deambular un par de horas, me entró bastante hambre. Había un chorro de sitios al lado del puerto. Con la bici, y esto es lo que tiene de bueno, pude recorrer el pueblo hasta que encontré un restaurante apartado de los otros. Estaba él solo – ¡como yo! pensé. Le dejé hacer a mi intuición. Había como es costumbre «Plat du jour». No sé qué de carne (boeuf). Miré la carta, ¡tartar de atún! 18 pavos. Me decidí por los 2. El camarero al yo pedir ambas cosas se quedó un poco sorprendido – Las raciones son grandes monsieur, tu est sure? Asentí, el se alejó. Volvío y me dijo que ya no quedaba lo de carne, – ¿cual es la alternativa al plat du jour? le pregunté. Bla bla , bla bla, tartar de carne señor. Ojú! Tartar de carne y luego tartar de atún. Hoy es mi día, Artur. Vino blanco pa tragarlo. El de carne, exquisito. El de atún, mejor que veáis el aspecto.

Me zampé durante una hora larga el de carne – que iba con papa asada -, el de atún, tarta de plátano y chocolate – de esas de chuparte los dedos -, café y purito. Esta vez no hubo digestivo. – La addition monsieur, s´il vous plait. 49€ me trajo en el papelajo. Pardon, pero esto no puede estar bien. Me intenté expresar en mi rudimentario francés. Le dije que yo había entendido que el tartar de bouef era la alternativa al plato del día. A mí me salían, con un par de copas de vino blanco, unos 38€. Así se lo hice saber. Después de algún toma y daca el hombre me lo dejó en 40€. Parece que la tarta ni el de carne pertenecían al plato del día. Yo satisfecho. De 38 a 40 no merece la pena más darle más vueltas.

Luego a esa calita que antes mostraba, un bañito para refrescar el cuerpo y a la ruta de las crestas. Después de esa comida cacareé.

¡Qué cosa esta ruta! Mi labio inferior hasta el zapato.

Al fondo el destino, Cassis.
El muchacho.

Dicen que son los acantilados más altos de Europa. Algunos me han dicho que hay otros mayores en Irlanda. A mí de igual manera, el vértigo se me apoderaba.

 

Llegué a Cassis. Si La Ciotat era guapa, Cassis estaba buena. De nuevo que hablen las imágenes, lo hacen mejor ellas.

Me deslicé por sus calles, con mi novia siempre presente. Un bañito que es lo que me pide el cuerpo. Luego a secarse mientras escuchaba algo de la tierra mientras contemplaba de nuevo los acantilados esos tan acantilosos. En la flor de la vida creo estar.

Desde la toalla.

A comprar un vino de la tierra esta. Lo compré en una tienda de un campechano que al preguntarme de dónde era, me dijo que qué maravilla España, aquí en Francia a las nueve de la noche los lugares mueren.

El vino ya catadito. Buenísimo.

Un inciso. Lo de los quesos en Francia es de locura. Al entrar a un súper tipo Carrefour, tenían tantos, que si chevre que si vache que si mezcla que si cru. Casí me mareé el primer día. Depués de darle vueltas 15 minutos, los elegí a pito-pito-gorgorito. Y sigo así. De momento no he probado ninguno que no esté rico, aunque uno que ya conocía, el «reblochon de Savoie» hace de mí después de comerlo, no un hombre sabio sino pacífico.

Cuando llegué a casa – sí mi tienducha es mi casa y la mimo – me tomé el digestivo, un licor de arroz del Delta del Ebro que ya se acabó. Aquí dejo su impronta. Gracias por el descubrimiento Noé!

Al día siguiente una vuelta cerca del camping, a la península de Giens. Precioso lugar este. Primer pensamiento: esto del windsurf lo tengo que comenzar a hacer. Tienen una pinta la gente de pasárselo tan bien… El kite-surf parece un poco peligroso y yo con mi cuerpo de galgo quizás salga volando.

Dejé el coche al comienzo de la península. Contra el viento fuerte pedaleé con la bici. Unos 15 km me hice, cuesta arriba y cuesta abajo. El año que viene me apunto a algún tour, probablemente al de las delicatessen. Primera parada en un pequeño puerto con torre defensiva. Un café, dos «pain au chocolat» (napolitana), unos estiramientos y una foto.

Estrecheces de la guerra.

Otra vez la bici, otros kilómetros, otro puerto, nuevos rincones igual de jugosos.

Port Niel.

Caminos estrechos ensanchando mi respirar. Estos viajes los he de repetir cada cinco años.

Vuelta al hogar. Una peli en mi tienda de ocio y descanso.

 

Al día siguiente viaje a Aix-en-provence a ver a mi amigo David B quién me acogió dos noches en su apacible casa con su familia. Tiene dos niñas que trasmiten paz y alegría. Verlas jugar dan ganas de vivir doscientos años.

Me enseñaron Marsella y sus aledaños. El puerto viejo, el terreno ganado al mar desde que hace pocos años, cuando se metió dinero siendo Marsella la capital de la cultura europea. Charlas, vinos y risas. Recordando viejos tiempos nos pusimos un poco al día. Gracias David y compañía por tu hospitalidad, favores y encanto.

Los aledaños.
Azul y Arturito.

Por la noche, dimos una vuelta en bici por Aix. ¡Qué sitio para estudiar! De sus 120.000 habitantes hay 30.000 estudiantes (o eso entendí). En un sitio como ese no me saco la carrera ni en veinte años. Y si a la vuelta de este viaje no encuentro trabajo parece que Aix tiene un sitio para mí. Me han dicho algunos por ahí que para hacer reír parece que valgo.

La sonrisa académica.

Ese mismo día, ya solito otra vez, vamos a visitar una cala de esas guapas, darnos un chapuzón y leer un rato. Seguí el consejo de David y me dirigí a la de Sormiu. Escuchando al gps darme los nombres en francés me lo paso casi tan bien como con los monólogos de Leo Harlem.

Llego al lugar, paso cerrado a 3 kms de la cala. Pregunto al de la valla, parece que sólo se puede pasar en coche si vas a comer al restaurante. Egalité, ¿donde narices te has quedado? Así se lo dije en mi francés de pandereta al guarda, que me miró como el toro mira al torero. Total, voy a aparcar y el coche de al lado con el cristal reventado. Me huele mal. Retrocedo un kilómetro y aparco en zona habitada. Cojo bici y a funcionar. Me cagüen la leche! Si esto parece el Tourmalet! Yo y mi novia de la mano, no había dios de subir eso pedaleando. Ya veo la cala, ahora toca bajar hasta allá – y luego subir -. He comido bien, al lío hermano.

Allá, cala de Sormiu.

Al llegar ya no me quedaban zapatas. Pero, madre mía, ¡qué lugar!

Tres o cuatro horitas después, ¡parriba Induráin!. Un coche en mitad de la subida me dijo que si quería montar, que me subirían. Yo aferrándome al poco carácter que me queda campurriano diije que no, que por mis huevos lo hacía. Litro y medio de agua después coronaba la cima.

 

Llegué al camping, no me podía mover. Una ducha y al catre. Ni película, ni libro, ni blog ni leches. Esta sensación de hacer lo que uno quiere cuando quiere y como quiere no tiene precio. Ahora sólo necesito unos días de dolce far niente.

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