Albania

Al cruzar la frontera albanesa el policía, al ver mi pasaporte español, me pregunta si Cataluña se irá de España. Yo le sonrío, y le contesto que no lo sé: «I am traveling along the mediterranean, I really don´t care»- añado. «Ya empiezan los baches nacionales…» pensé. Y es que las carreteras albanesas ponen a prueba la suspensión de cualquier carro.

 

Primera parada Shkroder. Ciudad universitaria-estudiantil, plagada de bicis. Incluso las marujas encorsetadas en vestidos de moda en los 60 y con tacones montan en una vieja bici cuyo sillín va protegido por una bolsa de plástico. Llego al hostal. La noche 6€. No, no he cometido ningún error al escribirlo. Sitio jovial, paredes con mensajes e inscripciones de los viajeros que han pasado por allí. Es también un bar que por la noche tiene ambiente. Mesa de billar americano que parece ser muy popular aquí. Cama un poco incómoda por lo que voy al coche a por mis 4 esterillas para darle un poco de mullido. Arreglao. El hostal no puede estar más céntrico. Está en una calle preciosa cuya mejora fue financiada por la UE en 2013.

Los dueños del hostal son una pareja de italiano y albanesa majísimos, muy amables y que proporcionan ayuda y consejos sin estrés. Varias noches pasé con ellos tomando raki (orujo) y charlando de esto y lo otro. Ella habla perfectamente español con acento argentino. Una de estas noches ella y yo nos damos cuenta de que tenemos una situación familiar casi igual. Padre hipertrabajador, inteligente y sensible. Un verdadero cabeza de familia. Una madre mala del tarro, un hermano vago y envidioso, una hermana cariñosa, fuerte y generosa. Una familia deshecha tras el fallecimiento del padre. Los dos nos emocionamos lacrimógenamente por tal coincidencia. Brindamos por padre y hermana. Nos fundimos en un calurososo abrazo. Fueron dos horas de sensaciones fuertes sin recurrir al ala-delta, el barranquismo o el puenting hermanos.

 

Comer, como casi todo en Albania, es baratísimo. Dos días en el restaurante Elita donde comí sopa de huevo y limón -deliciosa-, cordero asado durante 6 horas que para trocear no hacía falta cuchillo, vino italiano muy bueno, postre típico, café y orujo por unos 13€. Otras dos veces al Vila Bekteshi, en casa señorial, donde probé el Japrak, unas albondigas de arroz y carne envueltas en hoja de parra. Delicioso. Con vino, sopa de limón y huevo de nuevo, unas verduras al grill, café y raki, 9€.

Otras tres veces en el Rozafa Seafood. Como si fuera una pescadería, te levantas de la silla, señalas las piezas que quieres, te lo cobran al peso y a funcionar. Cuatro hermosas pescadillas, tres salmonetes, una digna ración de calamar rebozado, cuatro hermosas gambas a la plancha, sopa de pescado deliciosa y una ensalada. Total 18 pavos.

Pescao al peso en Rozafa.

 

Uno de los días fui con un alemán de veinte añucos majísimo, Gleb, que viaja en bici por Albania. Por la mañana fuimos al «museo del Comunismo» que fue interesantísimo. La historia de Enver Hoxha, el malnacido que oprimió a las gentes durante 41 años, del los cuales 20 los tuvo construyendo búnkers. Todavía se pueden ver por doquier en diferentes partes del país. El museo contiene las celdas y sala de interrogatorio donde se perpetraban los abusos de poder. Para poder digerirlo, nos fuimos a comer al Rozafa. Un placer Gleb.

Víctimas no anónimas.
Hacia las celdas rojas de la dictadura.
Efectos de haber vivido la dictadura.
Búnker reaprovechado.

Otro día me cogí a al novia-bici y me fui a dar una vuelta por el lago Skadar que separa naturalmente Montenegro y Albania. Allí me despaché una ración exquisita y abundante de anguila, pan con salsa agria deliciosa, ensalada, vino de la casa y cafelito. Todo 11€. Sin tetas, sí que hay paraíso.

Anguileando en lago Skadar.

Como los colores, hay gente para todos los gustos. Compartí habitación de hostel con un finlandes, simpático, hablador y pacífico. Una mañana que me desperté muy temprano, sobre las 6am, me pongo a mirar el mail y entra el susodicho en la habitación con una jarra de cerveza en la mano de medio litro. Era su desayuno. Los restantes días ya vi que su rutina consistía en ir a algun bar local y ponerse de cerveza hasta las patas. De sol a sol.

 

Una vuelta por el mercado de abastos de la ciudad me dejó entrever una cosa nunca vista en mi vida… ¡vendían carpas! Siempre había considerado la carpa como la rata de agua pues se lo come todo. Aquí en Albania se las comen sin rechistar. No tuve estómago para probarlas. No aplicaré aquí lo de «otra vez será».

¡A la rica carpa!

 

Ví también como en Albania «resuelven» como dicen en Cuba. Es decir, se las apañan con los recursos que tienen. Se pueden ver por doquier carricoches caseros. Una moto que parten por la mitad, le instalan un maletero en la parte delantera y a recojer chatarra o lo que fuere. No creo que estos bichos tengan que pasar ITV.

El carricoche.

Decidí uno de los días visitar algún pueblo de las numerosas montañas albanesas. Carretera con socavones, señales de tráfico que por el desgaste ya no señalizaban, curvas sin quitamiedos… Aparqué el coche en el único restaurante/cantina del pueblo. Me recibió un hombre con pinta mafia. Zapatos, americana gafas de sol negras y calcetines blancos. Yo, por aquello de no llevar prejuicios, hablo con él. Chapurrea el italiano y charlamos un poco. Café turco, cigarrito y acordamos que voy a dar un paseo por la montaña y luego vuelvo a comer en su cantina. Le dejo 6-7 cigarros pues veo que ya no tiene.  Me hago amigo del perro y me sigue durante un kilómetro por el camino, luego se vuelve a casa. Paseo de 3 horitas bordeando el río que deforma las piedras dejando esculturas rocosas preciosas allá donde pasa. Vuelvo a comer. Chuleta de cerdo, patatas fritas, ensalada correctos y un queso de cabra delicioso. Precio similar a los restaurantes lujosos de Shkroder. Sospecho. El colega me insiste seis o sietes veces si quiero vino u orujo. Yo niego explicando que he de conducir de vuelta… Permanece conmigo mientras como sin decir nada. mmmm…. Acabo de comer y me pide que le lleve a comprar tabaco. No me puedo negar. Camino de vuelta a Shkroder vamos pasando algún bar. Le digo que si aquí podemos comprar tabaco. Con un gesto me dice que sigamos.

A mitad de camino el figura se empieza a palpar los bolsillos. En la americana, los pantalones, la camisa. ¡Oh! -exclama-, me he dejado el dinero en casa. «No te preocupes Antonio, yo te compro un paquetillo, aquí paz y después gloria». Seguimos pasando cantinas y me sigue indicando que continúe. Paro el coche y le pido que me diga exactamente donde comprar los cigarros. Entonces va y me explica que tiene el coche en Shkroder y que si le puedo llevar a recogerlo. Pues nada, qué voy a hacer -pienso-, le llevaré.

Llegamos a las afueras de Shkroder, paramos en un garito a por el tabaco. Le digo a la tendera que 2 paquetes, uno para cada uno. El colega sin mirarme, le dice a la muchacha que no, que dos para cada uno. Yo le miro atónito. Pasa Arturo, son 5 euros la broma, no merece la pena avivar el fuego. Subimos al coche. En el camino para ir a recoger su máquina, me dice que no tiene gasolina, que si le puedo dejar algo, que cuando vaya a verme a Barcelona (me rio para mis adentros), me lo devolverá todo. Le dejo otros 5 euros. Paramos en una gasolinera donde según él tiene el coche. Le digo que no pasa nada, que le llevo hasta donde esté el auto. Dice que es igual, que ya va solito a recogerlo. Me despido con un Ciao desganado. Vaya figura. Al alejarme pienso que también estas aventuras suceden en estos viajes. Pongo música y paso página. Con estas cosas no hay que perder ni cinco minutos de tu tiempo. Ni pensarlo, ni lamentarlo, solo lo necesario para dejar constancia en este escrito.

Paseo por Prekal.

En el hostal conozco a un autraliano -Jamie- de 50 tacos. Lleva el muchacho cinco años y medio danzando por el mundo. Dejó la administración de mainframes hace siete años y ahora se gana la vida con el trading. Charlucas sobre el tema e historias de los viajes. Una delicia de hombre. Coincidimos en la salida de Shkroder hacia otros destinos. Él iba a visitar la capital Tirana mientras que yo seguía más al sur. Le llevé a Tirana en el coche ya que me pillaba de paso y nos echamos unas risas viendo las estampas albanesas. Lugareños en burra por la carretera, tractores del año la polka, puestillos de fruta y verdura al borde de la carretera donde venden 4 cosas regentados por abuelas con 8 capas de ropa.

No tenía yo ningún interes de ver Tirana. Lo poco que puede observar es una caos monumental. Las carreteras de entrada de 3 carriles se convierten en 5. Claxones reverberan entre los coches haciendo añicos el tímpano. Me despido de Jamie y sigo a mi destino, Vlorë. En el camino me encuentro con un palacete donde unos novios se están haciendo la sesión de fotos. ¡Qué contraste! Pobreza en un lado, lujo al otro.

Palacete por alante.
Palacete por atrás.

 

Me quedo dos noches en un apartamento con vistas al mar. 12€/noche. Es un casorio de una familia que alquila sus habitaciones. Bienvenida con café turco, zumo y pastelillo casero. Hago migas con uno de los hijos de 40 tacos que tiene mujer e hijos. Su hijo mayor de 12 años hace de traductor. Hablamos de los frutales y plantas que tienen en la finca. De Grecia, Albania y España. Del comunismo y capitalismo. Un par de horas en la azotea de la casa viendo el sol ponerse tras la montaña de enfrente mientras la mujer -a grito de su marido-, nos trae un delicioso membrillo en almíbar, un orujo y un café. Me pregunta el muchacho qué me gustaría cenar. Yo le digo que tenía pensado bajar al pueblo y cenar pescado. Me dice que no, que él me lleva a comprar el pescado que yo quiera y que me lo hace en la barbacoa. Subimos en su Mercedes, viene el niño también. Recorrimos 10 kilómetros de curvas en cinco minutos. No sé como Albania no tiene a un piloto en Fórmula 1. Cogemos dos doradas en un puesto pescatero que también es restaurante en las orillas del mar. Pago el equivalente a 6€. Me las cocina en su punto y me las trisko en soledad y con la alegría en el cuerpo. Gracias Maxi por todo.

 

Vlorë no vale mucho exceptuando las playas. Paseo marítimo larguísimo lleno de restaurantes gigantes. Aprovecho para la lectura, los podcasts y alguna excursión por la costa colindante. Intenté entrar en una base naval que había visto por internet, donde todavía reposan en la mar submarinos oxidados fabricados en la URSS. No pudo ser, al guardia después de pensárselo dos minutos no le di confianza.

 

Seguimos la ruta hacia sur con destino Dhërmi. El trayecto espectacular, atravesando un parque natural con corderos enteros asándose y vistas desde las alturas que acercan a uno hacia el cielo.

Beeeee.
Restaurante al lado de San Pedro.
De camino a Dhermi. Al fondo Corfú.

Cabras en la carretera, vacas paciendo junto a los búnkers, casas a medio terminar. Llego a mi destino. Apartamento a estrenar. Comodidades europeas. Se escucha el balar de carneros, ovejas y cabras. 18€/noche. El sitio está tan bien que me decido quedar 3 noches. Playas gigantes en soledad al lado de montañas, baños en silencio como si hubiera naufragado en una isla perdida.

Nadie por aquí, nadie por allá.
Fijáos que de nadar me ha salido un bulto en el trapecio. 😉
Gjipe Beach.

 

El sitio lo regentan un matrimonio de unos 60 años. Hablan griego y albanés. Chapurrean el italiano y el inglés. Nos entendemos hablando piano-piano. Les pregunto dónde puedo ir a comer. La mujer me dice que ella me hace la comida, que los restaurantes de la playa son muy caros. Me dejo querer. Comí, cené y desayuné allí todos los días de lo rico que estaba todo. Un día les dije que me gustaría comer algo de pescado. El hombre se desplazó hasta al pueblo de al lado para hacerme unas doradas que me supieron a teta. Otro día, pasta con gamas exquisita, queso feta a borbotones, vino chardonnay albanés la mar de bueno. 3 desayunos (crepes con queso y miel), tres comidas y tres cenas. Con el vino y cafés correspondientes…. 30€ los 3 días.

Los dos eran majísimos, sonrientes y optimistas. A partir del segundo día y haber conversado el día anterior, la mujer me hacía la comida, me metía en su propio salón y allí comíamos los dos.

Como en casa.

Una de las veces me contó que su hijo de 19 años murió en accidente de tráfico allá por el año 94, creo recordar. Comentamos que hoy tendría más o menos mi edad. Silencio…. lo resolvimos brindando por él y por la vida que vendrá en forma nieta que tendrá en breve. Ví que se le humedecían los ojos. A mí también.

Durante una de las cenas, tenía puesta una película griega en la tele. Salía en ella una guapísima actriz ateniense (Elena Nathanael). Allí pasamos 2 horitas, riéndonos y bebiendo orujo. No me he sentido más en casa como aquella noche. Como regalo de despedida me dio una botella de su orujo casero. Suave, cremoso y seco. Ciao abuela Julia, tú y los tuyos estaréis siempre en mi corazón.

Julia.

Ahora hacia Sarande, casi ya en la frontera con Grecia.

Yendo a Sarande.

Apartamento de nuevo, 13€ la noche. Recién reformado, impecable y tranquilo. Según los consejos del dueño -Nico-, me dirigí a la «Bora bora beach». Sarande como pueblo no vale nada.

Bora Bora beach.
Bora Bora Arturito.
Bora Bora restaurante.

Se estaba también allí, que dos días soleados pasé en las tumbonas, comiendo en los restaurantes al borde del mar (nada especial). Una parejilla de españoles residentes en Bruselas conocí. Comimos juntos uno de los días. Majetes ellos recién doctorados ella y él.

Comí un par de días en el restaurante Kapitano recomendado por Nico, a 100 metros del apartamento. Delicioso pescado por cuatro duros. 40 céntimos de euro el café, ahí es nada. Se preveía bueno pues los jubilados y jubiladas iban a comer allí. Siempre es este buen presagio para el bueno, bonito y barato.

 

Llega el fin de Albania. Siguiente parada Corfú.

Pa Corfú.

Me han hablado maravillas de esta isla. Llevo ya aquí algunos días y corroboro la belleza y espectacularidad de este sitio. Quedará para la próxima entrada. Mañana día 19 habrán pasado 41 primaveras desde que me echaron al mundo. Creo que no he podido caer en mejor sitio para celebrarlo. Baklava y café griego será el menú para tal día en este viaje de ensueño.

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