Si algo quería de este viaje es no llevar estrés. Hacer las cosas cuando quiera y si ahora toca descansar, ¡ea! que así sea. Con este careto después de desayunar, ¿a dónde iba yo, mas que a la hamaca y soñar despierto?

Salida al Lidl, que me está salvando de los precios ridículamente caros de las viandas en Francia, a ver a ver…. ¡Magret! 12€ por tres peaso de cachos. Con esto si no recupero, por favor, que alguien llame a la ambulancia que para eso saqué el mapfre, pa no morir en la distancia.

Me cepillé 2 de ellos en el mismo día. Y otro amigo me granjeé.

2 días de asueto. A la hora que canta el gallo y arrulla la paloma, para arriba hermano. Unos estiramientos guarros como explica el Leo Harlem, desayuno, 2 expressos en la plaza del pueblo mientras leo a un tío que desde Nietzsche, no leía con tanto placer. Gracias hermana por el préstamo, este libro va a juego con lo rico del magret.
Vuelta al camping, preparo comida, siesta en la hamaca escuchando algún podcast. Luego piscina del camping, leo otro rato dorándome a destajo. Vuelta a algún sitio a menos de 5km en coche – los hay muy bonitos – , cena casera, purito y peli que casi nunca me quedo despierto para verla de una vez. Total, dormido a eso de las once y diez.
Por cierto, lo de la hamaca es una maravilla. Si algún objeto representa el minimalismo del viajero es este avance tecnológico. Ni iphone, ni google ni leches. Ocupa poco, es supercómoda y si la pones un poco alta las piernas descansan como en pocas tumbonas he visto. Algún dia me pondré a hacerle una oda o una canción con rabel, que eso si que es minimalismo, dos cuerdas y a correr.

Estando así tranquilo, varias observaciones pude hacer. Una, que los franceses masculinos se dan dos besos si son buenos amigos. Machos ibéricos, ¡aprended!. Dos, que los paquetes de tabaco en Francia son todos de color negro con las letras de la marca con tipografía casi exacta. Simbólico, no digo ni más ni menos. Tres, que no hay ningún problema si te compras el croissant en la boulangerie y luego te lo tomas en un bar tomándote un café. Nadie pestañea. Me parece bien. Cuatro, que si estoy mucho tiempo sin música, el mundo me parece un poco insulso. Entre todos los sentidos no podría perder el tímpano, no sabría qué hacer sin el ritmo, la melodía y ese pié que se mece sin yo querer.
Bueno, ya hemos cogido fuerzas… a ver que más hay por ver.
Nos metemos un poquitín en el interior para ver uno de los múltiples pueblos floridos – así lo anuncian a sus entradas de los pueblos -. Borme-Les Mimosas: desde el camping – Le Pradet, cerca de Hyeres – bordeamos el mar como habíamos planeado durante todo el viaje. Fenómeno meteorológico pasó a la salida, os cuento. Ya aprendí en un viaje por la Costa Brava que hay veces que ha habido tantos días de tanto calor que el mar como sudando él mismo, evapora parte de su inacabable agua formando una niebla espesísima que penetra la tierra a gran velocidad. Algunos dirán: ¡brumas Arturo, se llaman brumas! La palabra la conocía brothers and sisters, el espectáculo visual no. Te impresiona, hace sentirte más pequeño que al mirar la mezquita de Córdoba.
Bormes-Les-Mimosas es como aquellas de esas joyas que cuanto más pequeñas y delicadas, más hermosas. En una ladera enpinada, olores de mil flores, diez mil bougavilles, saliendo incluso de las paredes. La petanca deporte principal. Colores, colores y más colores. La cámara no podía retener todos ellos, a las fotos les faltaba algo de lo que a simple vista la retina, neocórtex e hipotálamo aglutinaban.

Vuelta en bici, aunque dada la extremada belleza y múltiples escaleras estuve más a pie que pedaleando. Vistas panorámicas a las Islas de Oro, una café a la sombra, en silencio, haciendo taichi no con el cuerpo sino con la mente.
Visita a la oficina de turismo por si me había perdido algo. Parece que no, ¿recomendación para playa madmoiselle? Me han dicho que «El estagnol» es muy bonito. Ella me recomendó otra en Le Lavandou. Yo, a lo bruto, me voy para el estagnol. Después de 15-20m llego, 10€ por aparcar. Eran sobre las 16:30h, la mujer que cobraba me dice que el parking cierra a las 19h. Después de dudar 10 segundos… «je suis desolé, madmoiselle» y pa Le Lavandou que me fui. Debí hacerle caso a la de la oficina de turismo. 1 horita que he perdido… ¡Arturo! Pa perder tiempo también hemos venido, pero no para tirarlo. Que tranquilidad aceptar la derrota de ser cabezón amigos.
¡Qué acierto! Playa enorme, bastante tranquila, cuatro veleros anclados a mi vista. Abro a Stefan Zweig, la vida es maravillosa.


Unos chapuzones y lecturas después, me relajo, casi me duermo. Me despertó la razón de que Francia tenga buenos velocistas. Los españoles somos más de fondo.

Como no se puede hacer todo en un día, vuelta a casa, cena casera. Al día siguiente a la famosa St. Tropez.
Esta vez directos por la carretera del interior desde Hyeres. Viñas, chopos, quercus y quercus dando sombra al asfalto. Ventanilla abierta de par en par, aire más o menos fresco y mi podcast favorito de música cuyo nombre va de perlas con el viaje. Por cierto, para los barcelonitas, este podcast hace conciertos cada más o menos 2 meses, gratuitos, en la antigua fábrica de la Estrella Damm. Sólo por visitar el local, merece la pena ir. ¡Animáos!
Total, llego a St.Tropez. Entro con el coche, parking de pago, parking de pago, parking de pago…. vuelta a la entrada del pueblo, encuentro lugar para aparcar gratis a la sombra. Genial. Monto novia y al pueblo por carril bici. Pongo cascos y sigo con Delicatessen.
A ver, no voy a ser yo quien diga que es feo ni mucho menos St. Tropez. Sencillamente no es mi estilo. El pueblo es bonito pero tampoco para tirar cohetes. Mucha playa privada, sólo una pública decente. Yates de todos los tamaños y colores. Uno del bar me dijo que una tal Rihanna estaba allí anclada. Era curioso pues los que estaban en sus yates, al yo pasar con mi bici-novia, nos miraban más a nosotros que nosotros a sus barcos.
Café sólo, 2,90€. La de oficina de turismo, casi avergonzada, me quiso cobrar 2€ por el plano del pueblo. Yo flipando le dije que era la primera vez que veía tal cosa. Ella asintió sonrojada. Vaya panorama. Ahí se quedó el plano desplegado.
Todas las tiendas de esas famosas que ponen sus nombres a sus colgajos. Un tal Vuitton, una tal Cavalli, una tal Herrera y una que parecía reina a tenor del edificio – casi museo – que parecía la tienda.


En un libro de un famoso chef comentaba que hay que desconfiar de los restaurantes que se llaman como el nombre del dueño. Las tiendas estas de moda famosas, no sé. Yo no me fío de ninguna. Las prendas serán buenas no lo dudo pero no son 8 o 10 o más veces mejores que las otras. Sus precios así lo afirman. Yo, al mercadillo. Ese sí es mi estilo o a La Roca del Vallés.
Entre todos los yates pude ver algún pesquero – creo que sólo habían dejado sitio para tres -.

En una de la mini playas estaban montando un escenario. No sé quién tocaba, pero por el tamaño, probablemente no fuera esa tal Rihanna. Anyway, vaya peazo de sitio para deleitarse con música en directo.

Viendo que no había muchos sitios tranquilos para darse un baño, salí de allí y me fui a Ramatuelle, playa de Pampelonne, grande y ancha. Capítulo gracioso aquí. Un hombre mayorcete acangrejado, se le pusieron al lado un grupo de 7 u 8 alemanes ya pasados por agua. Casi tocaban sus pies con la cabeza de los otros. Después de incorporarse y mirar a los recién llegados, les espetó en un perfecto inglés: «The beach is very big, you know, and we are so close! El hombre tenía razón pero los otros ni se inmutaron. El hombre tuvo que moverse. Hay peña que o no tiene cerebro o no tiene vergüenza.

Unos largos, unas buceadas con las gafas de Phelps y a buscar un poco de sombra que como siga a así voy a cantar como las cigarras.
A Gassin me dirigí, pueblo en lo alto, pequeñuco. Ahí dicen está la calle más pequeña del mundo. Son 4 escaleras y 2 metros de asfalto. Esto de los Guiness hay que quitarlo. Buen purito y café me hice allí contemplando el golfo de St. Tropez.


No soy hombre de coches pero allí ví uno que iba con todo. El estilo, el color, la potencia… parecía estar allí para mí sólo. Un Mustang. Si alguna vez me gasto más de dos euros en un coche será en uno como este.

Llegué a casa cansadito. Algo de azúcar necesito. A la boulangerie. Un «feuilleté pommes». Casi tan rico como la tarta de manzana de mi tía Angelines. Tía – casi madre -, no hay quien te supere.