Sète.

Hasta hace pocos años, Francia era el país que más vino producía en el mundo. Italia tiene ahora este honor. España, medalla de bronce, aunque es el que más exporta. De camino a Sète, viñedos hasta en las rotondas ví y la sensación de conducir por el mediterráneo francés es más apabullante en cuanto a viñedos que en España. Quizás otro viaje es necesario por mi país para sentir el vino que producimos. Wine, come to me.

Vignes dans le rond-point.

De Agde, 20 minutos a Sete (no voy a poner más acentos franceses leñe) bordeando el mar a lo largo de un hilillo de tierra. Viento y más viento, agradable camino con una canción de un grupo con el mejor nombre que he conocido en mucho tiempo: «Cigarretes after sex».

Entramos en Sete, aparcamos lejos de la zona de pago, invitamos a la novia a dar una vuelta. Allá vamos. Largo y precioso paseo por el mar hacia el cogollo de la ciudad. Miradores muy originales. Te salía la canción del Titanic.

No tiene nada del otro mundo esta ciudad excepto sus entrantes de la mar. A ambos lados, restaurantes observando el panorama, igual que yo. Paseo en bici para tener una idea de qué iba el lugar. Parriba, pabajo, un, deux, trois. A comer! Tripadvisor me dió unas recomendaciones. Uno de ellos cerrado, otro al querer meter a mi novia, no le dejaron. El tercero tenía pinta de bohemio. Había gente local disfrutando del sitio, siempre buen síntoma. Vamos a ello. A ver, a ver…. ostras! que hay ostras también. De primero eso – 7 por 8 euros -. Y de segundo, lo que tenía el monsieur a mi lado. Me recordaba al atún, no dije nada, sólo señalé el plato y levante un dedo. Espadon? – dijo el camarero. Yo intuí que era pez espada, pero por el aspecto diría que no era eso. Lo que yo había comido en España era una cosa seca sin sabor ni gracia.

Sete

Después de deleitarme con las ostras, llegó el bicho. ¡Qué ración! Pensé que no me lo acababa. Una cosa buena de este viaje es que de repente puedo comer el doble sin inmutarme. Será la tranquilidad que me baña por todo este ser errante.

Dí buena cuenta de aquellos dos manjares. Luego café y purito. La copa – disgestive – me invitó el camarero que era un monstruo del marketing culinario. No llegó a 30€ la cosa. Hora y media después de haber entrado al local yo me sentía renacido. Espadon, desde ahora te adoro.

Les huitres
Pez espada

Cosa curiosa hicieron los dos caballeros de mi lado. Con pinta de trabajadores de oficina de banco, se metieron cada uno un plato de un surtido de marisco variado. Gambas, caracoles de mar y alguna otra cosa más. Todo con cuchillo, tenedor y palillo. Ni se mancharon las manos, nada de chupar la cabeza a la gamba, nada. Al acabar, ni cortos ni perezosos, los dos abrieron el plastiquillo de esas toallitas de limón como si se hubieran manchado las manos. Se restregaron varias veces con la toallita. Yo no entendí nada. Personalmente, o le chupo la gamba hasta el ojete o dejo la toallita sin usar. Estos hiper-refinados franceses….

Lugar bohemio y soñador.

Ahora me viene a la mente un episodio que me pasó ya hace algún tiempo. Cenando con una mujer de esas de «nivel» (lo que demonios quiera decir eso), en un restaurante que te soplan por la pareja alrededor de 100, estaba tan rica la salsa de lo que comía que me puse a mojar pan. Ella, sorprendida y algo avergonzada, me azotó la mano. – Eso no se hace en un sitio de ese calibre Arturo – . Yo flipando y al ver que iba en serio, llamé al camarero – Una pregunta le quería hacer señor, que tenemos una doméstica discusión. En sitios de este porte – le preguntaba yo – está mal visto mojar pan si te ha gustado mogollón? El muchacho se lo pensó 5 segundos antes de responderme. – Si le soy sincero señor, los únicos que andan aún con esos remilgos son los franceses -. Yo que tengo dni y no carte d’identité, allá que metí el pan de nuevo a tal obra de arte, hasta el codo. ¡Qué rico estaba! Más ahora que sabía que hacía lo correcto, ¡sí señor!

Otro paseíto por el pueblo, otro expresso para reavivar la mente. Y al camping que esta noche duermo como un mozalbete.

 

Al llegar al camping, que tenía un coqueto restaurante, fue mi sorpresa ver que habían cambiado el menú. Tenían ostras gratinadas, ¡qué suerte! Por menos de 20€ me zampé el menú. De segundo, me comí el símbolo del país, «Coq au vin», o sea gallo al vino. De nuevo ración hermosa como la camarera que con el segundo vino le dije algo. Ella sólo sonrío, he me mejorar mi francés. Pa la tienda y a coger la miniguía que traía para que a la próxima pudiera hacerme entender.

Camping menu
Coq au vin

Ahora sí, a la piltra que mañana tenemos largo viaje hasta Hyeres. Bon soirée.

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