Creí quedarme solo al despedir a mi colega… wrong! Explosión de vida social. A quién le llame a la puerta la depresión, que se hospede en algún hostel de esos que compartes habitación, baño, aventuras, desgracias y viandas.
En Dubrovnik yo me hospedé en el Free Bird Hostel, junto a gente de todos los rincones de la tierra, recepcionistas simpatiquísimas, relativamente cerca de los lugares de interés dubrovníakos y con un buen rollo que no experimentaba desde que viajé una semana solo a Ámsterdam y me quedé en el Flying Pig Hostel, hace ya la friolera de 18 años.
Si pensaba que mi viaje era largo, conocí en el mecionado hostel de Dubrovnik a un surcoreano que llevaba danzando alrededor del mundo año y medio todavía tenía 6 meses de periplo por delante. Tenía, creo recordar, 24 años. Un húngaro que había estudiado Filosofía y que viajaba a dedo, le propusieron al cruzar la frontera de Montenegro con Albania pasar 6 kilos de yerba. El potencial beneficio, 3000 euros. Rechazó la oferta. Al mismo chaval le propusieron en Albania (mi próximo destino) casarse con una mujer para «arreglar» los papeles. Le pidieron que pusiera precio a tal aventura. Él, de nuevo, dijo que no. La filosofía amigos sí sirve para algo.
Norte y Sudamérica, Finlandia, Australia y Nueva Zelanda. Francia, Escocia y España…. Dime un país y allí estaba representado. El hostel tenía una terracilla donde se divisaba la puesta de sol. Muchas días de vinos y rosas pasé allí. Charlas interminables, risas estruendosas. Menos Prozac, más Platón y más hosteles hermano.
Mención especial se merece Craig, un escocés afincado en Cracovia encantador, de voz suave y limpia. Sin estridencias. Una de las noches nos la tiramos hablando varias horas. Me describía sus aventuras misteriosas con tal precisión, delicadeza y elocuencia que le escuché sin pestañear durante un buen tiempo. Hizo que mi piel se pusiera de gallina varias veces. Nada de truhan, todo un señor. Si yo fuera mujer no le dejaría escapar. Un abrazo fuerte scotish bro.
Dentro de aquel batiburrillo cultural, encontré, me encontró o nos encontramos con una alemana de tierno encanto, conversación profunda y sonrisa abierta. Pasamos varios días juntos, compartiendo lo humano y lo divino. En uno de esos días que uno se siente Hemingway, decidimos alquilar una barquita motora y recorrer las islas cercanas a Dubrovnik. Solos los 2, sin ninguno haber conducido nunca un vehículo acuático. Pasamos un día estupendo, parando en alguna calita sin nadie a la vista. Descojonaos de la risa cuando intentamos «aparcar» la lancha en puerto, atando alguna que otra cuerda y rezando para que la embarcación no se fuese a la deriva mientras nos tomábamos un vino en tierra firme.
Compartimos excursiones, cenas, paseos, miradas furtivas…. Horas, muchas horas, sin cansarnos de hablar, observarnos y de vez en cuando silenciarnos con el arma mutuo en los labios. Por muchas descripciones que dé, como con las fotos y la realidad fotografiada, se quedaría corto en detalles, intensidad y encanto. Es más que probable que al finalizar este periplo haga una visita al Baden-Wurtemberg.

En una de las cenas con la germana probé uno de los mejores vinos blancos de mi vida. El nombre le va de perlas. En el mismo sitio donde probé ese vino conocimos a un grupo de parejas jubiladas españolas. Majísimos. Como no podía ser de otra manera eran bilbaínos y cántabros. Lo del mundo y el pañuelo…

Con el regusto en los labios, aproveché para ejercitar un poco el esqueleto. Al lado del hostel había una perfectamente cuidada cancha de baloncesto. A día de hoy, con 30-45m de uno contra cero basta para recordarme que he de dejar de echar humo por la boca. No consigo aprobar esta asignatura. Dejo Dubrovnik. Rumbo a la bahía de Kotor, ya en Montenegro.

Tras una larga espera en la frontera y unos calamares fritos deliciosos por cuatro duros, llego a la bahía. Ninguna foto puede registrar la belleza de tal sitio. Leo un poco sobre el lugar, ¡es un fiordo! El más sureño en Europa. Recorro con el coche ensimismado el trazado al borde del mar hasta el pueblo de Kotor. ¡Qué gozada hacer este viaje solo y pararse donde uno quiere! Llego al hostel kotorino. 10€/noche. Limpio y acogedor. A cinco minutos de la ciudad antigua. Con vistas a toda la bahía. ¿Quién da más?
El dueño del hostel es un chaval, y digo chaval por su personalidad, de 46 años. Fue marino mercante. Viajado y culto. Hicimos migas muy pronto. Disfrutamos del Eurobasket viendo juntos los partidos que disputaban España y Serbia. Es gran aficionado al basket. Lo de mis dos camisetas de la Jugoplastika le llegó a la fibra.
Continuó la fiebre social en este hostel. Una de las noches, el tal dueño del hostel -Damir-, nos sacó de marcha a otro entrañable muchacho, esta vez finlandés, Jarmo. Muchas risas, conversaciones sobre la ex-Yugoslavia, la guerra de los balcanes y la guerra de sexos. Baile, gintonics, taxis paquí y pallá. Total, 6 horas de diversión. Caté por primera vez el turbo-folk. Me vino a la memoria mis tiempos de escucha a Goran Bregovic, si lo mezclas con Kamela. Nos fuimos a un local en Tivat, ciudad donde está el aeropuerto de la zona. No me hubiera extrañado ver a Torrente tomar una copichuelas en tal lugar. Nos presentó al dueño del local y charlando con él, me comenta que había estado en Sevilla y era fan del Betis. Ver para creer. Unos bailes -tos me miraban pues parece ser que no se estila en los balcanes que los machos muevan el body. Reinosa y los balcanes hermanados. Unas risas, unas charlas sobre la escasez de chavalas en el local. Y vuelta a casa.

Kotor tiene un color especial. Laberíntica, repleta de gatos -existe un museo gatuno-, iglesias por doquier, mayormente ortodoxas. Lounges-bar junto al hogar del jubilao. Chavalas excesivamente maquilladas, hombres que parecen pivotes de balonmano. Elegancia al lado de niños mendigando. Sudor en la paredes, frescos maltrechos y dejados en las iglesias de tamaño humano.

Al ser un fiordo, allá que entran los cruceros mastodónticos con sus grupos de peña haciendo las fotos pertinentes. Ahí es cuando me pongo los auriculares, me pierdo en lugares carentes de primates como yo, miro 360º, respiro hondo. Así sí.
Desde Kotor como base, ha habido numerosas incursiones a lo largo y ancho de la bahía. Uno de los más completos días fue mi visita a Perast. Dicen que el Douglas y la Zeta Jones tienen aquí una casa. Comida inmejorable -sopa de pescado y calamar relleno de gambas-, playita con agua turquesa al que me estoy acostumbrando peligrosamente, pueblo de ensueño plagado de palacetes fruto del pasado veneciano y la más espectacular cancha de basket en la que he encestado en mi vida. Es una plataforma sobre el mar divisando la bahía. Meter un triple mientras el sol se esconde por las montañas no vale tres sino seis puntos. Playa, basket, chipiron en el chiringo moderno playero, playa, basket, expresso. Y así sucesivamente.


En el chiringo conocí a dos montenegrinos la mar de majetes. Uno de ellos, casado con una neoyorkina y viviendo allí me dio consejos sobre qué visitar en su país. Cada verano se venía a Montenegro a darse una ración de autenticidad vital. Son sus palabras aunque podrían ser las mías. Hay muchas formas de categorizar a la gente en dos grandes grupos a riesgo de simplificar demasiado. Una de ellas consiste creo yo, en diferenciarnos entre los que aprecian la vida pianopiano-easygoing-nomeestreses y los que necesitan actividad frenética en sus vacaciones sin dejar ningún espacio sin rellenar. Cada vez estoy más de acuerdo con mi primo Manuel I el Sabio… hay que aburrirse un poco en ocasiones. Templar la gaita espiritual, mirar al cielo sin pretensiones, sentirse vivo sin colear.
No puede uno escaparse en Kotor de subir a la fortaleza. Son tropecientos mil peldaños. Litro y medio de agua después, unos 45 minutos con las patas que Dios me ha dado, llegas arriba. Hay una iglesia en el camino que con el cansancio, uno piensa en volver a tener fe en la existencia del más allá.

De Kotor sale una carretera estrecha y sinuosa y a cachos sin asfaltar hacia el Parque Nacional de Lovcen que brinda espectaculares vistas. Se llega a Cetinje, antigua capital real con parques, monasterios y palacios. Luego bajar hacia Budva. Demasiado explotada al turismo.

Incursión a la península de Lustica. Comida deliciosa pescadera en Mirista, baños esmeralda, gatos en mi regazo. Carreteras donde sólo entra un coche, expresso en el pueblo de Rose. Música en el coche. Nirvana.
El último día estuve en el pueblezuco con casoplones de lujo llama Ljuta. Las casas tiene su propia plataforma con tumbonas y playa, abiertas de par en par. Nadie a la vista. Me metí en una, paraíso sin fiscalizar. Hablé con un pescador que con su snorkel cogía pequeños cangrejillos para cebo y pescar lubina o dorada. Buena vida.

Me entró hambre y ví que había un restaurante de esos que los camareros llevan trajes típicos de la zona. Stari Mlini, viejo molino. Entré, ¡Vaya sitio!. Decidí darme un homenaje romántico conmigo pispo. 100€ me dejé en el asunto. Me atendió una jóven camarera que me trató como un príncipe. Pulpo a la plancha con patata estofada, trucha exquisita, botella entera de vino blanco malvasía. Café, orujo y puro. Tres horas y media después salí de allí agradeciendo a las estrellas que de su polvo hubiera formado un Arturo y un viejo molino.

Durante otra comida en la ciudad antigua de Kotor, tuve el placer de conocer a una pareja malagueña, que curiosamente vivían a 300 metros donde yo viví durante 4 años en el Puerto de la Torre, Málaga. Hicimos una sobremesa antológica, hablando de lo eterno. Amor, viajes, unas gotas de política. En un par de horas les cogí un cariño que con algunos de mis amigos de infancia ya no tengo.
Última cena en el famoso restaurante-carnicería Tanjga que tenía a 50 metros del hostel. Más curioso no puede ser el sitio. La carne dispuesta como en una carnicería. Uno se pide un mix de carne, o un solomillo o un T-bone o lo que fuere. La carne proviene del norte de Montenegro donde dicen reside las mejores reses del país. El dueño, que fue pivote de balonmano, coge a mano pelada la carne que has pedido, se la pone al parrillero en una bandeja. Coges tú mismo la bebida que quieras, te sientas y a funcionar. Precios imbatibles, sencillo, rápido y suculento.
Después de una despedida fraternal con Damir, el del hostal, rumbo a Ulcinj, todavía Montenegro pero lindando con Albania.
El trayecto hasta allí entero con lluvia. No pude parar en ningún sitio a mirar la costa. Otra vez será, o no. Chi lo sa?
Apartamento esta vez, un poco de tranquilidad pensé. 12€/noche, la mar de bé. Llamo al sitio pues google maps no me sabía indicar y los lugareños tampoco me sabían ayudar. Amablemente me vienen a recoger. Es una chalet de 3 plantas, la última habilitada con 3 habitaciones para arrendar. Habitación grande, cama de matrimonio, baño decente, terraza con vistas a una de las mezquitas, que según llego, me llama el muecín a rezar. Decido que no, no vaya a ser que con todo el cerdo que comí en Kotor me entre descomposición o algo divinamente peor.
Pululo por la antigua ciudad fortificada, mucha parte en ruinas aunque con rincones maravillosos. Pregunto a un camarero el por qué de tal estado y me dice que es que hubo un terremoto en 1979 y así lo dejo. Echo cuentas, yo nací en el 76, treinta y siete años han pasado. Algo podrían haber arreglado digo yo.
Museo desvencijado. Curioso y tenebroso fue ver las celdas donde, en época pirata, tenían a exclavos expuestos para su compra, como si fueran sandía o melón.
Precios tirados. Hamburguesa 1,5€ en cualquier lado. Decido irme a un restaurante recomendado por mi amigo Damir kotoriano. El lugar se encuentra en el delta del río Bojana, frontera natural entre Montenegro y Albania. Me recordó a lugares que he visto en foto del sureste asiático. Redes gigantes y colgantes de casas incrustadas en la ribera del río. Se puede comer pescado de mar y río. De momento elegía uno de mis favoritos… anguila. Ración más que generosa y además deliciosa. Sopa de pescado alucinante, ración de dos platos, 2,50€. Camarero dicharachero, rápido y eficaz. Me gustó tanto que otro día repetí. Esta vez mújol, me recordó un poco a la dorada pero más sabrosa. Sopa, pescado, tarta, café, y orujo, 19€.

Si alguien quiere viajar en el tiempo a los años 60 en España, que se venga a Ulcinj. Ganado al lado de la carretera sin cercado, niños de 8-10 años pidiendo en los cruces. Luego el dinero se lo dan al recaudador, un chaval de veintipico años que se fuma cigarros uno tras otro. A su presunta mujer, que está a su lado, le da sólo una mínima parte. Motoristas sin casco, tres en la moto. Dos de ellos niños. Policía haciéndose los suecos y hablando con coches que se paran en doble fila jorobando el tráfico. Coches con maletero abierto circulando. Mujeres resignadas que rien tímidamente cabizbajas. La mitad de los bares tiene máquinas de bingo televisadas. Boletos de apuestas deportivas por los suelos. Niño de tres años en el regazo del padre al volante mientras toca el claxón. Niños gamberreando sólos, como fue mi infancia.

En las afueras de Ulcinj están las mejores playas. En una de ellas, ya mi favorita y perteneciente al Hotel Albatros, entre con mi queridísima camiseta de la Jugoplastika. El responsable de cobrar los 3 euros por la hamaca me dijo que nada, que pamí gratis. Le pregunté donde podría comprar una camiseta de basket de Montenegro. Me dijo que viniera el día siguiente, que me regalaga una. Resultó ser la del equipo local y no del equipo nacional. Aún así agradecí el desinteresado gesto.

El susodicho, el socorrista y algún otro amigo no paraban de beber cervecillas, cantar al son de música suya que tronaba por el altavoz del móvil. No se puede dejar de sonreír al contemplar tamaña estampa. Pregunté donde comer y me señalaron un restaurante llegando a pie por camino de tierra bordeando el mar. Oh Dios mío, llegué.

Allí estaban dos alemanas comiendo. Me invitaron a sentarme con ellas y comer juntos. Gustosamente acepté. Unas charlas, unas risas. Vino, pescado fresco recién pescado por el dueño de restaurante que se parecía a Hemingway mogollón. Apareció un bosnio majete que estaba abajo bañándose. Charlamos un rato. Después de un par de horas, el bosnio y las alemanas se bajaron a bañar junto a las tumbonas que había al lado del mar. Yo me quedé un rato hablando con el dueño. Al rato decidí bajar a darme un baño, pero me había olvidado el bañador. Anuncié que haría el naturista por esta vez explicando el por qué. Al salir del agua el bosnio me cogió por banda y me espetó: «Man, they are lesbians». Yo me empezé a descojonar. «So what?» -le repliqué-. Qué desperdicio, como pueden hacer eso -me dijo-. Yo le di la bienvenida al siglo XXI. No duró mucho el bosnio con nosotros después de aquél, para él, traspiés. Nos quedamos los 3 sólos hasta que apareció una parejita. De Michigan él, rumana ella. Pasamos un precioso rato, viendo como iba bajando el sol mientras alimentábamos el cuerpo con orujo, cerveza y música de Nueva Orleans que el de Michigan se había traído en su altavoz. Gran tarde. Excelente colofón.

Escribo esto el 30 de Septiembre. Mañana será en Cataluña el día ese del follón.
Ni me apetece ni me importa posicionarme en tal embrollo. Sólo quiero dejar una entrevista al filósofo español Gustavo Bueno. Toda ella es recomendable pero por el tema que toca, os invito a escuchar del minuto 15 al 23. Y que no le asuste a nadie que el entrevistador sea Sanchez-Dragó.
Yo prefiero quedarme en lo eterno, independizarme de las independencias y brindar al sol. Mañana, ni Cataluña ni España. A Albania que me voy.