Costa Amalfitana y Roma.

En la costa amalfitana ha ocurrido lo contrario que en Grecia.  Aquí llevaba las expectativas muy altas y como no puede ser de otra manera, craso error.

Sí, tiene paisajes espectaculares, excelente comida y rincones singulares. Pero la peninsulilla amalfitana tiene poca playa y de bajo calibre. A los lugareños y dueños de negocios se les nota un cansancio provocado por el trasiego de turistas como yo. Además la estrechez de sus carreteras hace que el domingueo genere impaciencia en los autóctonos, se crispen y le joroben a uno el paseo.

Llegando a Sorrento.

Uno de los días paré temprano para comer un pescado con vistas en un restaurante muy bien puntuado en tripadvisor.  Me traen el pescado. Sin limpiar de escamas, se lo comento al camarero y le digo que acostumbro a comer las pieles de los pescados. Él me explica que el pescado grande que se hace a la plancha no se le quitan las escamas. Yo le explico que he estado en 7 países bañados por el mediterráneo en los últimos 6 meses y en ninguno me han puesto un pescado con escamas. El camarero me mira con desdén y ni me pregunta si quiero cambiar el pescado. De sabor estaba bueno, la verdad sea dicha. Decido no cambiarlo.

El restaurante tenía un aparcamiento pequeño para sus clientes. En mitad de la comida con todas mis manos pringadas de la grasilla del pez, me pide el susodicho camarero las llaves de mi coche para moverlo pues arrimándolo a la pared un poco más se puede aparcar otro. Le digo que espere que me limpie, que ahora se las doy, y esperándome no más de 5 segundos me empieza a hace gestos con las manos a la italiana como que yo le estoy importunando o algo parecido. Se va de la mesa refunfuñando. Una parejilla que estaba a mi lado -que eran norteamericanos- flipan con la escena. Les digo que alucino con el colega y ellos me dicen que a ellos también les ha tratado bastante maleducadamente.

Acabo el plato y pagando los cerca de 40 euros que salió la broma, me encuentro con el cocinero en el mostrador. Le pregunto ahora a él sobre las escamas. Me dice lo mismo que el camarero. Pregunto si se dejan las escamas en toda esta zona de Italia o sólo en este restaurante. «Yo siempre lo he hecho así» -dice-, yo con poca paciencia ya, le digo que también en África se había practicado la ablación del clítoris porque siempre se había hecho así. No le sentó muy bien lo que dije, jajajaja. Se puso farruco, se levantó y me empezó a decir que lo que decía era una falta de respeto y no lo iba a tolerar. Yo ya caliente le respondía que comer aquí era sinónimo de poca cantidad, sucio y caro. Lo dije bien alto para que lo escucharan los demás que estaban comiendo allí. Me cogieron del brazo como para echarme del restaurante, les dije que calma, que ya me iba yo solito de aquella cueva paleolítica. La peor experiencia culinaria y humana de todo el viaje.

Amalfiteando.
Positaneando.

En el hostel donde me quedé conocí a dos encantadoras chilenas y a un neoyorkino, otro, que vivía del trading. Buenas charlucas nos echamos sobre el mundo trader y sobre el estilo de vida que ofrece. Las chilenas con su gracia y sus buenas palabras sobre su país me generaron unas profundas ganas de visitar Chile y degustar sus vinos. Quedará para otra ocasión.

 

Visité los lugares que dicen que hay que visitar en la costa amalfitana. Positano y  Amalfi no cumplieron mis expectativas. Sorrento, donde pasó un buen tiempo Nietzsche y el pueblo de Ravello, donde vivió Richard Wagner, me impresionaron mucho. Praiano me proporcionó un reducto de tranquilidad en la muy concurrida península.

Desde Ravello.

Me acerque durante una jornada completa a visitar Pompeya. Se quedó corto. ¡Que tamaño de ciudad perfectamente conservada! Eso si es viajar en el tiempo.

 

En Marina de Puolo experimenté una de las comidas más especiales en Italia. Al sol, con la mesa incrustada en la arena de la playa y a 5 metros del agua, me obsequié con un pescado local y un buen vino mientras se combinaban suecos y alemanes tomando el sol con italianos portando bufanda.

Marina de Puolo.

Y ahora rumbo a Roma con sensación agridulce amalfitana.

 

ROMA

Que se puede decir de Roma que no se haya dicho ya. Su historia y monumentos enamoran. Su caótico funcionar y su abundante suciedad no tanto.

Café con libros.
Malfuncionamiento romano. Tres de cuatro máquinas en el metro están ko.

Me quedé en un agradable hostel muy a mano de todo, cerca de la entrañable estación ferroviaria de Termini. Roberta, su propietaria, un sol.

Me levanté un día a recoger una cosa del coche y alguién había intentado forzar la cerradura. No lo consiguieron y no rompieron las lunas para robar, afortunadamente. El problema ahora es que es la única cerradura del coche y el telemando no funciona. Mmmmm. Llamadas paquí, pallá, denuncia policial, etc. Roberta me ayudó durante practicamente todo el día a solucionar el tema y hacer de intérprete. Al ir a hacer la denuncia nos dice el policía de turno que debemos hacer una foto de la cerradura forzada. Un poco incrédulos los dos por la petición, asentimos y volvimos a hacer la foto. Nos dice el policía que me podrán atender sin que tenga que volver Roberta. Vuelvo. Sólo dos personas delante de mí. Saludo al policía que nos había atendido antes para que sepa que ya estoy listo. Relleno la denuncia mientras espero. Llegan otros dos turistas para denunciar robo de carteras. Pasa la primera persona que estaba delante de mí. Y aquí empieza el caos. De repente uno de los dos que habían llegado bastante más tarde que yo, le pasan para formalizar la denuncia. Yo me levanto y le intento explicar al policía que tanto como el hombre que tenía al lado como yo estábamos antes en el orden de cola. El policía me mira sentado con las piernas cruzadas a lo James Gandolfini en «Los Soprano» desde el otro lado del cristal y me dice… «No». Yo espero 2 segundos, le miro a los ojos fijamente y esbozo una sonrisa. Le digo que ese tal hombre y yo estábamos delante. Me vuelve a decir «No», con aire un poco más chulesco que antes y voz más fuerte. Yo entorno los ojos al cielo y esbozo otra sonrisa. Entonces el policía se levanta como un resorte y alzando más la voz me grita: «you have a problem?, you have a problem?». Mis ojos ahora buscan la puerta de la máquina del tiempo en la que me montado para haber regresado a 1938.

 

Conseguimos que un figura nos abriera el coche metiendo un pedazo de alambre a modo de anzuelo, doblando un poco la puerta y quitando el seguro. Veinte minutos de artimaña y voilá! coche abierto. ¿Que te debo?-le pregunto. «La voluntad»-me responde. La Roberta y yo nos miramos y sonreímos. Le dí veinte pavos que le parecieron bien.

Era viernes y los concesionarios Nissan no abrían el Sábado. La idea era llevarlo para que me dieran un telemando o me arreglaran la cerradura. Eran las 17:15 y el concesionario cerraba a las 18h. Los siguientes 20 minutos fueron de los más divertidos de mi estancia en Roma. Conduciendo como un auténtico romano, iba espetando las cuatro frases que conozco… que catso fai bambino! guarda, guarda! Cambio de carril, giro invadiendo el carril contrario, claxón a flor de piel. Me descojonaba de risa y a Roberta le iba mal viendo al romano que este españolito llevaba dentro. No sabía si llegaría a tiempo y necesitaba arreglar el tema para meter el coche en un parking privado el resto de mi estancia en Roma y no tener que volver a abrir el coche a las bravas.

Llegamos a las 17:30, impresionante. El mecánico de la Nissan me dice que cualquiera de las dos soluciones, cambiar cerradura o nuevo telemando me llevarían 2 semanas pues el coche es un modelo viejo (aquí me acordé de los que tienen coche nuevo). Le explicamos que yo tengo barco de vuelta a España en cinco días. El figura se queda pensando dos segundos… aspetta! Se va a buscar algo al almacén, regresa con un telemando, le doy la llave y empieza a poner y quitar el contacto. Click, clack, click, clack, click clack. Prueba el telemando. Intentos y errores sucesivos hasta que…. pa pa pa! El telemando funciona. Lo había programado correctamente. Mi alivio fue tal que le pegué un abrazo que le hizo sonrojar. Roberta sonreía al ver tanta alegría. La vuelta al hostel fue una fiesta. Música a tope, los dos cantando y partiéndonos de risa. Esta vez sin adelantamientos temerarios. Gracias Roberta.

 

De Roma me quedo con varias cosas. La espectacular iglesia de Santa Maria Maggiore. El barrio del Trastevere (etimológicamente «tras el Tíber») y el gigantesco parque «Villa Borghese».

Santa Maria Maggiore.

 

Santa Maria Maggiore, portada.

 

Villa Borghese.

Por supuesto que hay 853.421 cosas que ver en Roma pero esas tres me hicieron estremecer especialmente.

 

A uno le queda poca fe en la institución católica. Lo que queda es producto del quehacer de los misioneros alrededor del mundo que intentan paliar el dolor provocado por la escasez. Visitar los museos del Vaticano embriagados con miles de obras de arte que abigarran el aire y transforman tu repirar tranquilo en resuello, fulminó la poca fe que me quedaba.

Me fue imposible quitarme la idea de la cabeza que esta misma iglesia católica predica el amor al prójimo, la fraternidad y la humildad. Nada de eso me vino a la cabeza entre tanto expolio, riquezas y maltrato al visitante. Entrando a la capilla sixtina, éramos empujados como ganado volviendo al redil. Los operarios del museo te gritaban para que no te pararas mientras pedían silencio a quién en bajo hablaba. Le echaré un vistazo a ésto.

Interminables museos del Vaticano.

En el hostal donde me quedé, conocí a una fotógrafa noruega con la que compartí bastantes conversaciones interesantes sobre religión, arte, ciencia y demás. No podíamos estar en posiciones más lejanas sobre muchos temas. Pero ese mismo tener que explicarse y razonar con alguien en la antípoda intelectual es buena parte de la gracia del charlar.

En una de las ocasiones, hablando de nuestras familias y amigos, le pregunté a qué se dedicaba su hermano y me contestó: «He is a food creator». Yo alcé una ceja, la miré con incredulidad y le constesté con cierto sarcasmo: «so… he is a cook!». Ella me intentó explicar la diferencia entre un «creador de comida» y un cocinero. Yo es que, de verdad, con los artistas que reinventan la rueda y te dicen que lo han ideado ellos, es que no puedo.

 

Y como colofón, un masaje que me sentó como estando hambriento, una pierna de cordero. Mientras me amasaban la piel, mi mente recorría los diferentes lugares que en estos seis meses mis piernas han pisado. Han sido 12.000 kilómetros, 12.000 euros, 12.000 recuerdos que me llevo. Y es que se ha notado que han sido días felices pues 12 kilos de peso he ganado.

Ciao Italia. Vuelta a España.

Escribiré en una última entrada las conclusiones del periplo. Hasta entonces, felices días hermanos. Os dejo con mi n-ésimo nuevo artista favorito. 23 años de edad, kilates de talento. Hay ganas de volver a casa pero este viaje me ha hecho pensar que quizás es mejor decirte «Don´t wait for me ‘cause I may never come home».

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